Avemartillo: menuda mansión
Ocell martell - Scopus umbretta (Hamerkop)
El orden Pelecaniformes abarca los ibis, ardéidas (garzas), pelícanos y dos singularidades con un género exclusivo para cada uno; el picozapato (bec d’esclop) cuyo articulillo apareció en este blog en un ya lejano abril de 2018 y el avemartillo. El picozapato vive peligrosamente porque se ha ido extinguiendo en varios países y le cuesta encontrar ecosistemas idóneos. Está clasificado como “vulnerable” por la UICN. Sin embargo el caso del avemartillo es lo contrario: una de las aves más extendidas al sur del Sáhara, presente en todos los países de esa enorme región – Madagascar incluido – pues es capaz de sacarle partido a cualquier tipo de humedal, desde arrozales a charcas temporales pasando por grandes ríos, estanques artificiales, manglares, costas e incluso piscinas. Solo necesita dos condiciones: que hayan árboles y que en el agua y sus orillas encuentre alimento. Se adapta a entornos degradados por el ser humano como los suburbios urbanos y rurales.
Aunque puede dispersarse a modestas distancias durante la temporada de lluvias en las zonas más secas, es un ave de costumbres sedentarias que no lleva a cabo nada parecido a una migración.
Mide entre 50 y 56 cm de punta de pico a punta de cola y no solo carece de dimorfismo sexual (mismo aspecto y tamaño en ambos sexos) si no que los ejemplares juveniles son casi iguales a los adultos.
Puesto a la mesa, prefiere comer anfibios y peces, pero secundariamente consume invertebrados acuáticos y terrestres. De tarde en tarde, cuando la ocasión la pintan calva, captura pequeñas aves y micromamíferos.
Se reproduce durante todo el año, dependiendo del país y su climatología. Hay un pico reproductivo durante las lluvias tardías y también en la estación seca. No he encontrado explicaciones sobre qué ventajas encuentra criando en plena sequía pero aventuro que, allí donde quede agua, habrá una gran concentración de presas fáciles de cazar porque las charcas se reducen y se hacen más someras.
El avemartillo es famoso por su pedazo nido, más grande que el de las cigüeñas, aunque éstas, al ampliarlo año tras año, llegan a superar al del avemartillo, que solo lo usa una vez. La pareja de avemartillo lo construye a lo largo de varios meses en una robusta horquilla de árbol; usa palitroques y materia vegetal diversa mezclada con barro. La cámara de cría es un espacio interior al que se accede por un agujero desde abajo y cuyas paredes están tapizadas de barro y hojas. Gran cantidad de especies de aves, mamíferos y quizás también reptiles codician esos nidos. De hecho, como expliqué en el anterior articulillo, el cernícalo pizarroso llega a expulsar a sus legítimos dueños del nido para apropiárselo y criar en él. Además, hay parejas que llegan a construir una docena de nidos aunque finalmente solo nidificarán en uno. Podemos decir que se trata de un constructor compulsivo. Se supone que ello rebaja el índice de depredación, pero como son nidos muy conspicuos, muchos depredadores los detectan y prueban suerte, así que la pareja tampoco puede vivir tranquila. Razón de más para que a veces se junten en colonias de cierto tamaño, allí donde abunda el alimento y los árboles aptos. En Uganda, en el año 2004, cerca de la capital (Entebbe) se reportaron nada menos que 639 nidos en una superficie de 8 kilómetros cuadrados. Obviamente solo un tanto por ciento de esos sirvió como lugar de cría.
La puesta consta de entre 3 y 6 huevos. Ambos conyugues incuban, aunque no es raro que ella dedique más tiempo que su consorte a esa tarea. Y los dos alimentan a los pollos. Éstos vuelan al cabo de (aprox.) seis semanas de vida.
Si bien no existe ningún censo general de la especie y ni siquiera se ha aventurado un cálculo, es un ave localmente abundante y a menudo común. Se especula que puede resultar perjudicada por los pesticidas que degradan el agua (un riesgo descontrolado en África), pero más bien parece que, en general, su población aumenta. A nadie le extraña, pues, que la UICN la tenga clasificada como ”no amenazada”.

