Correlimos gordo: grande, patiamarillo y rojizo

Cada año, algún centenar que otro de correlimos gordos hace paradas a lo largo de las costas mediterráneas de la península ibérica, constituyendo un flujo residual de las rutas principales que transcurren más al este (Turquía, Israel…) o más al oeste, por las costas atlánticas. Así que, en Catalunya, no es una especie común, si no una migrante escasa pero que no puede calificarse de rareza. Su volumen corporal es intermedio entre el chorlito gris (Pigre gris) y el correlimos común (Territ variant) ya que el primero alcanza los 29 cm (de punta de pico a punta de cola) mientras que el segundo se queda en 21. El correlimos gordo mide entre 23 y 26 cm. De hecho, es el segundo Calidris más grande, por detrás de C. tenuirostris, especie asiática que solo le pasa 2 cm. Además del tamaño hay un detalle que, en plumaje invernal (no reproductor) ayuda mucho a distinguirlo del correlimos común: el color amarillento de las patas (siempre negras en su pariente). Véase la foto de abajo.

Su plumaje también es muy variable y relativamente distintivo: en librea nupcial (foto de cabecera) luce un vivo tono rojizo en cabeza, cuello pecho y vientre que solo se podría asemejar al del correlimos zarapitín (Territ becllarg) que tiene el pico más largo, algo curvo y patas más largas y siempre negras. Y solo mide 21 cm de punta de pico a punta de cola. En plumaje no reproductor (y juvenil), el plumaje ayuda poco, pero ahí tenemos las patas amarillentas y el tamaño general. Aunque al/la principiante estas explicaciones le pueden parecer un galimatías, la verdad es que cuando le pillas el truco a las limícolas, el correlimos gordo es de las relativamente fáciles de identificar.

Salvo quizás en mano (biometría), los sexos presentan el mismo aspecto ya que todas las especies del género Calidris carecen de dimorfismo sexual.

Como tantas otras limícolas, esta se pega unos viajes de órdago pues se reproduce en el ártico más septentrional pero pasa el invierno en latitudes medias y meridionales, alcanzado tan “abajo” como Tierra del Fuego, Cape Town, Tasmania y Nueva Zelanda. Podemos decir que quien, como él, vuela decenas de miles de kilómetros cada año se ríe del sedentarismo. Es, además, una especie cosmopolita que si bien solo cría en el oeste de Alaska, norte de Canadá, Groenlandia y tres o cuatro áreas de Siberia (incluida la remota isla de Kotelny) cuando migra puede aparecer en cualquier costa del mundo, exceptuado la mitad sur de Chile, el África bañada por el Océano Índico, Madagascar y la Antártida.

Sus cuarteles de invernada más norteños están en el Reino Unido, la Bretaña Francesa y los estados del N.E. de EE.UU. Eso sí, resulta muy raro en cualquier ecosistema de interior, por húmedo que sea.

En Catalunya, citando por orden de preferencia, aparece en el Delta de l’Ebre, Aiguamolls, de l’Empordà y Delta del Llobregat durante ambas migraciones: primavera y agosto/septiembre. La foto de cabecera está captada en mayo del 2021 en los estanys del Matà (Aiguamolls) y muestra la mayor parte de un inusual bando de once ejemplares. Normalmente solo ves uno o dos.

En época de cría ubica su nido en la tundra seca, soleada y ligeramente elevada, en crestas y laderas ventosas con una cobertura baja de abedules o sauces rastreros, a veces a decenas de kilómetros del litoral más cercano. Sin embargo, en migración e invernada busca playas arenosas, estuarios, lodos mareales, marismas cerca del mar e incluso manglares. La variedad de ecosistemas que frecuenta según la época del año se refleja en su dieta; insectos, arañas, caracoles y lombrices en primavera y verano. Pequeños moluscos, anfípodos, gusanos poliquetos y varios invertebrados marinos en otoño e invierno. Pero la fruta y la verdura, ni catarlas.

Ejemplar juvenil de correlimos gordo (Delta de l’Ebre 14-9-2019). Foto de Salva Solé.

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