No siempre se triunfa

La aparición de tres búhos nivales (Duc blanc, Bubo escandiacus) durante la segunda semana de noviembre del 2021 ha sido una noticia-bomba incluso en medios de difusión masiva que rara vez prestan atención a las aves.

José Luis Copete, uno de nuestros mayores expertos, explicó que lo mas probable es que se trate de ejemplares canadienses que, migrando por el litoral hacia EE.UU. fueron atrapados por una tormenta que los arrastró hacia el interior del Océano Atlántico. Tal como hacen a veces los pájaros en apuros marítimos, descendieron sobre algún carguero que los trajo hasta la costa. A ese fenómeno, en jerga pajarera, se le llama “Ship assisted”. Parece ser que los búhos nivales escandinavos (muy pocos son) y los siberianos tienden a migrar bastante menos que los canadienses: como máximo “descienden” hasta el norte de Alemania.

Uno de los ejemplares aparecidos en Asturias murió enseguida y los otros dos iban cada uno por su lado. Si bien el macho andaban mayormente errante e ilocalizable, la hembra se instaló en una zona muy concreta del Cabo de Peñas, al NO de Gijón. En cuanto se supo, se inició la peregrinación de ornitólog@s desde todos los puntos de la península ibérica e incluso más allá (sur de Francia, por ejemplo). Como si se hubiese aparecido la virgen. Es un hecho tan excepcional que, a mucha gente, nos valía la pena el viaje, incluso si debíamos hacerlo en plan relámpago.

Aunque la hembra desapareció el martes 16 de noviembre, luego se la fue viendo sin problemas cada día en el mismo sitio. Mi colega Miquel y yo, loquitos de las aves como tant@s otr@s, planificamos ir el domingo 21 ya que – a causa de diversos compromisos – no teníamos manera de marchar antes.

A última hora, Oscar, ornitólogo del Vallés oriental, se unió a nuestra expedición, lo cual permitía dividir los gastos por tres y hacer un relevo de conductores. A mí me recogían en Barcelona a las 21,30h del sábado 20 de noviembre.

La Coca-cola y la adrenalina nos facilitaron el mantenernos despiertos. Y, al turnarse los conductores, dieron alguna muy breve cabezada, más bien simbólica. Yo era el copiloto y ni lo intenté. Con una sola parada para repostar gasolina, rodamos toda la noche, de manera que a las 7,30h, casi una hora antes del amanecer, llegamos al Cabo de Peñas. Nos abrigamos bien y, a las 8,15h, acompañados por un pajarero local, estábamos apostados en el punto exacto de la llanura final del cabo, tras la cinta de plástico que los forestales del Seprona habían puesto días atrás para evitar que la gente se aproximase en exceso a la estrella del show. El día amaneció soleado.

Paisaje del Cabo de Peñas (Asturias 21-11-2021)

A lo largo de las cuatro jornadas anteriores, el Búho nival se había visto siempre a primera hora en ese mismo sitio… pero hoy, ni rastro. Quienes estaban mejor informad@s supusieron que ya se había posado en su cornisa, invisible salvo desde el mar y que, como había hecho habitualmente, hacia el mediodía volvería a asomar a la vista del público, arreglándose las plumas durante un par de horas antes de iniciar la sesión de caza nocturna de roedores. La lluvia – que estaba anunciada – llegó más tarde de lo previsto pero empezó a caer a eso de las 10,30h. La afluencia de gente había sido moderada y en ningún momento hubo por allí más de 55 personas. Ayer se habían llegado a contar casi 200 y todas se fueron con imágenes inolvidables – digitales y/o cerebrales – del búho nival. Al menos, durante un rato largo, cerca de allí, se vio un Escribano lapón jovencillo (Calcarius lapponicus) que vino a intentar consolarnos.

Escribano lapón joven (Cabo de Peñas – Asturias 21-11-2021)

Conforme la lluvia arreciaba y también se embravecía el viento, se dio una retirada mayoritaria de espectadores/as. En lo peor del chubasco, quedamos nueve personas. Pasada un hora y media, la lluvia aflojó. Aunque no cesó en ningún momento, a ratos quedó reducida a muy fina llovizna. Y empezaron a regresar l@s más animos@s.

    Llegó y pasó la hora en que el búho salía para arreglase las plumas. La lluvia volvió a arreciar a ratos y de nuevo el viento se puso molesto. A las 14,45h, nuestra pequeña expedición de tres tristes pigres decidió regresar al coche, quitarnos las prendas empapadas y poner rumbo a Barcelona. Esta vez, solo la Coca-cola me mantuvo despierto porque, lo que es adrenalina, poca… Eran las 23,55h cuando entraba en casa mientras mis colegas rodaban todavía en dirección a Granollers.

El fácil resumir este intento: 1800 km, 43 horas sin dormir (en mi caso), 4 horas y pico bajo la lluvia, una sola comida, 98 € en gasolina, peajes, Coca-cola y sándwiches plastificados = cero éxito.

Dos días después, cuando termino este artículo, ninguno de los búhos ha sido re-localizado.

Si bien a menudo la audacia y la perseverancia obtienen premio, esta vez Murphy nos clavó los dientes. He creído oportuno que, al menos, la anécdota dé para un artículo donde conste el lado menos simpático de nuestra afición, aquel que hay que asumir antes de liarse la manta a la cabeza y partir con alegría, conscientes de que te puedes estampar tan ricamente.

 

Salva Solé

 

Barcelona 24-11-2021