No siempre se triunfa

La aparición de tres búhos nivales (Duc blanc, Bubo escandiacus) durante la segunda semana de noviembre del 2021 ha sido una noticia-bomba incluso en medios de difusión masiva que rara vez prestan atención a las aves.

José Luis Copete, uno de nuestros mayores expertos, explicó que lo mas probable es que se trate de ejemplares canadienses que, migrando por el litoral hacia EE.UU. fueron atrapados por una tormenta que los arrastró hacia el interior del Océano Atlántico. Tal como hacen a veces los pájaros en apuros marítimos, descendieron sobre algún carguero que los trajo hasta la costa. A ese fenómeno, en jerga pajarera, se le llama “Ship assisted”. Parece ser que los búhos nivales escandinavos (muy pocos son) y los siberianos tienden a migrar bastante menos que los canadienses: como máximo “descienden” hasta el norte de Alemania.

Uno de los ejemplares aparecidos en Asturias murió enseguida y los otros dos iban cada uno por su lado. Si bien el macho andaban mayormente errante e ilocalizable, la hembra se instaló en una zona muy concreta del Cabo de Peñas, al NO de Gijón. En cuanto se supo, se inició la peregrinación de ornitólog@s desde todos los puntos de la península ibérica e incluso más allá (sur de Francia, por ejemplo). Como si se hubiese aparecido la virgen. Es un hecho tan excepcional que, a mucha gente, nos valía la pena el viaje, incluso si debíamos hacerlo en plan relámpago.

Aunque la hembra desapareció el martes 16 de noviembre, luego se la fue viendo sin problemas cada día en el mismo sitio. Mi colega Miquel y yo, loquitos de las aves como tant@s otr@s, planificamos ir el domingo 21 ya que – a causa de diversos compromisos – no teníamos manera de marchar antes.

A última hora, Oscar, ornitólogo del Vallés oriental, se unió a nuestra expedición, lo cual permitía dividir los gastos por tres y hacer un relevo de conductores. A mí me recogían en Barcelona a las 21,30h del sábado 20 de noviembre.

La Coca-cola y la adrenalina nos facilitaron el mantenernos despiertos. Y, al turnarse los conductores, dieron alguna muy breve cabezada, más bien simbólica. Yo era el copiloto y ni lo intenté. Con una sola parada para repostar gasolina, rodamos toda la noche, de manera que a las 7,30h, casi una hora antes del amanecer, llegamos al Cabo de Peñas. Nos abrigamos bien y, a las 8,15h, acompañados por un pajarero local, estábamos apostados en el punto exacto de la llanura final del cabo, tras la cinta de plástico que los forestales del Seprona habían puesto días atrás para evitar que la gente se aproximase en exceso a la estrella del show. El día amaneció soleado.

Paisaje del Cabo de Peñas (Asturias 21-11-2021)

A lo largo de las cuatro jornadas anteriores, el Búho nival se había visto siempre a primera hora en ese mismo sitio… pero hoy, ni rastro. Quienes estaban mejor informad@s supusieron que ya se había posado en su cornisa, invisible salvo desde el mar y que, como había hecho habitualmente, hacia el mediodía volvería a asomar a la vista del público, arreglándose las plumas durante un par de horas antes de iniciar la sesión de caza nocturna de roedores. La lluvia – que estaba anunciada – llegó más tarde de lo previsto pero empezó a caer a eso de las 10,30h. La afluencia de gente había sido moderada y en ningún momento hubo por allí más de 55 personas. Ayer se habían llegado a contar casi 200 y todas se fueron con imágenes inolvidables – digitales y/o cerebrales – del búho nival. Al menos, durante un rato largo, cerca de allí, se vio un Escribano lapón jovencillo (Calcarius lapponicus) que vino a intentar consolarnos.

Escribano lapón joven (Cabo de Peñas – Asturias 21-11-2021)

Conforme la lluvia arreciaba y también se embravecía el viento, se dio una retirada mayoritaria de espectadores/as. En lo peor del chubasco, quedamos nueve personas. Pasada un hora y media, la lluvia aflojó. Aunque no cesó en ningún momento, a ratos quedó reducida a muy fina llovizna. Y empezaron a regresar l@s más animos@s.

    Llegó y pasó la hora en que el búho salía para arreglase las plumas. La lluvia volvió a arreciar a ratos y de nuevo el viento se puso molesto. A las 14,45h, nuestra pequeña expedición de tres tristes pigres decidió regresar al coche, quitarnos las prendas empapadas y poner rumbo a Barcelona. Esta vez, solo la Coca-cola me mantuvo despierto porque, lo que es adrenalina, poca… Eran las 23,55h cuando entraba en casa mientras mis colegas rodaban todavía en dirección a Granollers.

El fácil resumir este intento: 1800 km, 43 horas sin dormir (en mi caso), 4 horas y pico bajo la lluvia, una sola comida, 98 € en gasolina, peajes, Coca-cola y sándwiches plastificados = cero éxito.

Dos días después, cuando termino este artículo, ninguno de los búhos ha sido re-localizado.

Si bien a menudo la audacia y la perseverancia obtienen premio, esta vez Murphy nos clavó los dientes. He creído oportuno que, al menos, la anécdota dé para un artículo donde conste el lado menos simpático de nuestra afición, aquel que hay que asumir antes de liarse la manta a la cabeza y partir con alegría, conscientes de que te puedes estampar tan ricamente.

 

Salva Solé

 

Barcelona 24-11-2021

Paseos por África – MADAGASCAR

CAPÍTULO V – MADAGASCAR

La idea de conocer este país surgió como consecuencia de la lectura de un libro de Gerald Durrell “Rescate en Madagascar”. En principio la intención era viajar en 2009, pero un inoportuno golpe de estado me obligo a aplazarlo al año siguiente.

Madagascar es la cuarta isla por extensión del mundo con 587.000 km2 que está habitada por 24,4 millones de habitantes que pertenecen a 18 etnias diferentes. Ocupa el lugar 162 de 189 en el índice de desarrollo de la ONU: es extremadamente pobre y se nota desde el momento en que pisas el país.

Por otro lado es unos de los países con mayor biodiversidad del planeta con 200.000 especies de seres vivos de las que el 80% son únicas en el mundo.

En el aspecto ornitológico su avifauna no es muy abundante, 309 especies pero de esas 108 son endémicas (pude ver unas 60). Me hice, no sin dificultad, con una guía “Birds of Madagascar” la única que encontré y que resulto ser una porquería (en lugar de dibujos, fotos y además malas).

Y ya la búsqueda de la naturaleza, el primer contacto fue en el Parque de Andasibe – Mantandia. Es una selva tropical exuberante con un elevado índice de humedad. Enseguida me di cuenta que, tanto la observación como la fotografía iban a ser muy difíciles: a los inconvenientes antes citados había que añadir la falta de luz y lo intrincado del terreno…

Aquí vi las primeras aves, la tórtola malgache, el cua azul, el cua frentirojo… Pero la estrella de este parque es el lemur indri, el más grande de los que sobreviven en la actualidad. Antes de verlos fui consciente de su presencia: emiten un grito sobrecogedor que se oye a mucha distancia. De cerca parecen “animalitos de peluche”. También observé las evoluciones del sifaka diademado al que sus saltos de más de 6 metros para desplazarse por los árboles le convierten en el trapecista de la selva.

Lemur indri – Fotografía de Javier Ruiz

Además pude observar varias especies de camaleones, en Madagascar viven el 50% de los camaleones del mundo, como el camaleón pantera, de parsons, verrugoso, etc.

Luego estuve en el P.N. de Ranomafana. Es un ejemplo típico bosque nuboso. ¡Y tan nuboso! ¡Llovió todos los días!, pero esto no fue impedimento para ver bastantes especies de aves como: el búho, el cucal, la lavandera, el shama, de todos estos su primer apellido es malgache. También algunos reptiles, además de los ya citados camaleones, varias especies de Gecko y la Boa de Madagascar.

Camaleón verrugoso – Fotografía Javier Ruiz

Para entrar en todos los parques nacionales, hay que pagar y además contratar un guía autorizado, en Ranomafana uno de los guías comentó que era muy interesante hacer un “safari” nocturno por las carreteras que rodean el parque. Y ahí me tenéis, acercándome a un mercadillo para comprar una linterna, y notar una sensación bastante particular por eso de ser el único extranjero que pululaba por allí.

Y al caer una noche que no llovió, salí armado de la linterna y de la cámara y… ¡jopé! ¡aquello parecía las Ramblas! Pero la experiencia fue muy interesante: camaleones diminutos, ranitas que cabían en una caja de cerillas, insectos extrañísimos y, de repente, percibí una agitación especial; me acerqué a la zona de los agitados y allí estaba el lemur ratón marrón, un animalito de 12 cm (cola incluida) y que pesa 50 gr. Pude verlo perfectamente pero imposible de fotografiar, se movía demasiado rápido para los ISO de mi cámara.

De camino hacia el sur hice una parada en la reserva de Anja, un lugar especial destinado, además de a la conservación de la naturaleza, a proporcionar un medio de vida a la población local.

Me habían dicho que aquí era muy fácil ver al lémur cata o lémur de cola anillada y tenían razón, eran muy descarados y algunos se dedicaban a jugar con los visitantes; a mi me pasaron varias veces entre las piernas.

Lemur cata – Fotografía Javier Ruiz

Y la siguiente parada fue en el P.N. de Isalo. Este parque tiene más de 80.000 Ha. con una gran diversidad de hábitats: desde barrancos llenos de vegetación y pequeños lagos rodeados por la selva, hasta paisajes que recordaban a la sabana africana y zonas semi-desérticas. El parque estaba rodeado de incendios “controlados” uno de los mayores peligros para la conservación de la biodiversidad de Madagascar: conseguir carbón vegetal y aprovechar la tierra para pastos.

Pude observar una interesante cantidad de aves: Los cernícalos de aldabra y malgache, el drongo malgache, el martín pigmeo malgache, el roquero de Sharpe (muy abundante y descarado en las zonas húmedas) y también una especie parecida a nuestro buitrón pero con un nombre muy gracioso: el jiji común. Me llamó poderosamente la atención la gran cantidad de milanos negros que sobrevolaban este parque.

Cernícalo de Aldabra – Fotografía de Javier Ruiz

Y después a la zona de Toliara. Monté mis reales en Ifaty, un pueblo de pescadores, que además es una zona bastantes turística y desde allí me dediqué a explorar el bosque espinoso (hábitat catalogado como “en peligro critico”)

Ifaty - Fotografía de Javier Ruiz

Ifaty – Fotografía de Javier Ruiz

Una de estas visitas la realicé a una reserva, la de Reniala que estaba muy cerca. Vinieron a buscarme el guía y el conductor del vehículo que me llevaría hasta allí: un carro tirado por dos bueyes.

Llegué a la reserva y les indiqué qué aves me gustaría ver. ¡Ok! fue su respuesta y enseguida vi, palomas azules, loros negros, varios cuas como el corredor, el pechirrojo o el crestado, suimangas piquilargos, fodis rojo y un montón de especies más. Al final y cuando ya había perdido toda esperanza uno de los guías se metió entre un montón de arbustos espinosos y al poco rato apareció la deseada carraca terrestre rabilarga.

Carraca terrestre rabilarga – Fotografía de Javier Ruiz

Su amabilidad y ganas de complacer chocaba frontalmente con el concepto de conservación, en el camino de vuelta pude ver un tenrec erizo menor y lo vi simplemente porque lo sacaron de su madriguera para enseñarlo.

Madagascar da para mucho más (di una charla en la Universidad de Barcelona, para el Grupo Local de dos horas y me quedé corto). No he mencionado nada de su flora, pero de las 9 especies de baobab que existen, 6 están allí. Tampoco he hablado de los importantísimos problemas medioambientales que están ocasionando la pérdida de su biodiversidad

Y sobre todo no he hecho ninguna mención a sus habitantes. Sólo quiero recalcar su gran amabilidad, visité mercados, tomé cervezas con los guías, paseé por algunas ciudades, presencié algunas de sus tradiciones más importantes como el famadihana (buscarlo en Google que es muy largo de explicar). En resumen: es el lugar más increíble que he conocido.

Bulbul negro – Fotografía Javier Ruiz

Paseos por África – BOTSWANA

CAPÍTULO IV –  BOTSWANA

Julio de 2008. Después de pasear por diversos aeropuertos del mundo, aterricé en Botswana. Otra vez estaba en África y sólo había pasado un año desde la última vez.

Botswana es un país de 580.000 km2 habitado por solo 2,3 millones de habitantes, está muy poco poblado, pero hay que considerar que el 70% de su territorio corresponde al desierto del Kalahari.

Como en otras ocasiones, dada la poca disponibilidad de tiempo había que eliminar destinos. Sólo hice una pequeña incursión en el desierto. Tendría que conformarme con leer el libro de Laurens Van Der Post “El mundo perdido del Kalahari”.

La ruta empezó en la zona de Tsodilo, paraje solitario formado por cuatro colinas que emergen en el desierto. Este territorio, estuvo habitado por bosquimanos que dejaron su huella con unas 4.500 pinturas rupestres, algunas con más 25.000 años de antigüedad (no iba a poder ver a los bosquimanos pero por lo menos conocería parte de su cultura).

Desde aquí nos dirigimos a la Zona norte del delta del Okawango, río de 1.600 km que nace en Angola y desemboca en el desierto desgajándose hasta desaparecer por un laberinto de canales, lagunas e islas a lo largo y ancho de unos 22.000 km2.

Carraca lila – Fotografía de Javier Ruiz

Comenzamos a explorarlo a bordo de una lancha y de inmediato, las aves empezaron a hacer acto de presencia: aninga africana, pigargos vocilgleros, abejarucos frentiblancos, martín pescador pigmeo, garcitas azuladas, etc. También aparecieron animalitos tales como hipopótamos y hermosos cocodrilos.

Hipopótamo – Fotografía de Javier Ruiz

Después de la navegación llegamos a nuestro primer destino y nos tocaba cargar equipajes, comida, etc. en los mokoros (especie de canoa plana impulsada por sus conductores con una larga pértiga que apoyan en el fondo del rio). Nuestro destino era una pequeña isla en medio del Okawango donde pasaríamos varios días.

Turdoide de jardine – Fotografía Javier Ruiz

Navegamos por canales muy estrechos, entre papiros de más de 2 metros de altura. El ambiente era sofocante, pero el exceso de adrenalina nos impedía amodorrarnos: sabíamos que en cualquier momento podía hacer acto de presencia un martín pescador gigante, una jacana, un pigargo o un grupo de elefantes.

Pigargo vocinglero – Fotografía de Javier Ruiz

Ver atardecer en medio del delta es una de las experiencias más espectacular que he podido disfrutar.

También fueron inolvidables las noches pasadas en la isla: ser consciente de que entre la fauna del lugar y tú sólo tenías como protección la lona de una tienda de campaña, proporcionaba una sensación especial; dormir con el arrullo de los hipopótamos y el rugido de los leones era algo “diferente”.

Anhinga africana – Fotografía Javier Ruiz

En una de esas noches viví un encuentro especial. De madrugada tuve una necesidad  fisiológica y me vi obligado a salir fuera de la tienda, eso sí, provisto de un frontal para no tropezar. Cuando acababa de comenzar vi dos puntos brillantes no muy lejos de donde yo estaba, me fijé bien y me di cuenta que eran unos ojos que me miraban y que eran de una hiena. Aguanté el tipo (lo otro ya no era posible aguantarlo), y al cabo de unos segundos salió corriendo asustada; supongo que fue incapaz de identificar qué tipo de animal era ese que estaba de pie inmóvil y que tenía un solo ojo, una especie de Polifemo iluminado.

Hice algunos safaris a pie, acompañados de guías expertos pero desarmados. Al principio tenía algo como de miedito pero se me pasó, lo que me permitió ver la fauna desde una perspectiva diferente y aquí tuve la suerte de observar el vuelo de un águila volatinera, cruzar la mirada con un búho africano, y ver un bando de miles y miles de queleas comunes que cambiaron el color de una arboleda cercana.

Turaco unicolor – Fotografía de Javier Ruiz

Nuestra estancia en el norte del delta había terminado y teníamos que desplazarnos hasta Maun para continuar el recorrido. La distancia no llega a los 500 km pero el viaje duraba 7 horas, si todo iba bien por lo que, para ahorrar tiempo, que no dinero, el traslado se hizo en avioneta. Como el día era muy bueno y el piloto muy enrollado voló a muy baja altura. La vista era espectacular, un exposición al aire libre, una demostración de que ninguna obra del hombre puede acercarse a la belleza de la naturaleza.

Estornino africano azulado – Fotografía Javier Ruiz

Y llegamos a Maun, nada que reseñar; bueno, miento: dormimos en un hotel y eché de menos la compañía nocturna de las hienas, pero agradecí eso que llamamos ducha.

Desde aquí reiniciamos nuestro viaje hasta el P.N. Chobe. Algunas paradas por el camino, más acampadas libres; leones, leopardos, elefantes, búfalos, jirafas que nos alegraban el trayecto y las aves que hacían acto de presencia por cualquier lado, estorninos, pintadas, avutardas, calaos, etc.

Azulito angoleño – Fotografía de Javier Ruiz

Antes de llegar al Parque ya había conseguido lo que se llama “The big 5 bird” esto es ver la avutarda de Kori, el jabirú, el búho africano, el calao terrestre y el águila Marcial.

Jabirú africano – Fotografía Javier Ruiz

Y por fin el P.N. del Chobe. El rio Chobe tiene 1.500 km de longitud, nace en Angola y es uno de los principales afluentes del Zambeze. En sus orillas viven miles de animales: aquí el elefante cuenta con una población superior a 100.000 individuos, pero sobre todo destaca la avifauna. La mejor manera de observarla y fotografiarla era desde una pequeña embarcación, aunque era difícil mantener la concentración por que la cantidad de aves era enorme: Entre ellas la garza Goliat, el marabú, el pico tenaza, martines pescadores como el pio, malaquita, y el gigante africano, ibis sagrados, alcaravanes acuáticos, lavanderas del cabo, gaviotas cabecigrises, rayadores africanos, y demás.

Martín pescador pío – Fotografía Javier Ruiz

La estancia en Botswana tocaba a su fin, y crucé la cercana frontera para pasar a Zambia y poder cumplir el deseo de acercarme a Mosi-oa-Tunya (“el humo que truena”): las Cataratas Victoria. Este impresionante salto de agua del río Zambeze fue descubierto para occidente en 1855 por David Livingstone,  que tiene erigida una estatua en el Centro de Interpretación.

Cataratas Victoria – Fotografía aérea de Javier Ruiz

Un ruido ensordecedor avisa de la presencia de las cataratas: la humedad que invade el lugar te acaba calando hasta los huesos, pero el espectáculo es indescriptible. Por eso me decidí a verlas desde el aire, total la ruina económica ya era completa y un gasto más no se iba a notar.

Y con esto se acaba el cuarto paseo africano; sólo queda uno para acabar la serie.

  Monumento a Livingstone – En la foto, Javier Ruiz

PASEOS POR ÁFRICA – NAMIBIA

CAPÍTULO III – NAMIBIA

Tuvieron que pasar 16 años para que volviesen los paseos por África.

En 2007, el destino para este reencuentro fue Namibia. Y para dar más autenticidad al viaje, en esta ocasión decidimos huir de hoteles y similares para alojamos en tiendas de campaña. Tomé prestada la mochila que utilizaba mi hijo para ir de colonias y ¡a la aventura!

Ya era aficionado la ornitología y llevaba un tiempo preparando el viaje; me compré una guía “Birds of Southern Africa” y estuve varios meses estudiándola para familiarizarme con la avifauna namibia: 687 especies con 2 endemismos me esperaban.

Este joven país, que obtuvo su independencia en 1990, antes había sido colonia Alemana y posteriormente fue invadido por Sudáfrica. Tiene una extensión de más de 824000 km2 y tiene solo 2,1 millones de habitantes.

Drongo ahorquillado - Fotografía Javier Ruiz

Drongo ahorquillado – Fotografía Javier Ruiz

Empezamos por la zona norte de país, la región del Kaokoland.

El primer campamento estaba vacío de humanos, pero habitado por una colonia de babuinos a los que no les hizo ninguna gracia nuestra llegada. Tenía unas instalaciones sorprendentes como una bañera al aire libre situada cerca de un acantilado con una vista impresionante; de no haber sido porque por las noches hacía muchísimo frío igual me hubiera animado a tomar un bañito bajo las estrellas.

Como este campamento estaba vallado y no existía peligro de ataque por parte de los grandes felinos podía andar a mi aire y empezar a buscar aves. Rápidamente empecé a ver tocos (uno de mis objetivos era el Toco de Damara especie endémica pero falló), estorninos, tejedores, abejarucos, y tuve el primer contacto con la carraca lila.

En esta zona, el Kaokoland, viven los himbas una tribu de pastores seminómadas. Os contaré una anécdota a propósito de ellos: En algunas de las carreteras de Namibia y cerca de núcleos de población, hay supermercados que nada tienen que envidiar a los nuestros. Paramos en uno de ellos para aprovisionarnos y de repente aparecieron dos mujeres himbas vestidas de forma tradicional (solo una faldita de cuero) empujando sendos carritos y haciendo la compra, la imagen era algo anacrónica. No hice ninguna foto (me lo tengo totalmente prohibido).

Después de esto, hacia Ethosa (otro de los lugares soñados). Este parque nacional de 22.000 km2 está totalmente influido por el régimen de lluvias; yo estuve a primeros de septiembre que es el final de la estación seca, casi todo el parque estaba agostado y cubierto de polvo, solo quedaban con agua algunas charcas, que nos permitieron ver en poco espacio de tiempo gran cantidad de animales que iban a beber, desde manadas de elefantes hasta grupos de oryxs , algún que otro león e incluso leopardos, todos a la vez pero guardando una prudente distancia de seguridad.

En cuanto avifauna, la presencia de avestruces era constante, también las avutardas (kori y de Namibia), sisones (moñudo austral y negro aliclaro), gangas (bicinta y namaqual),  buitres (orejudo, cabeciblanco, del Cabo, dorsiblanco) y muchas más.

Avutarda de Kori - Fotografía de Javier Ruiz

Avutarda de Kori – Fotografía de Javier Ruiz

Los campamentos de Ethosa también estaban vallados por lo tanto podía buscar en  las zonas arboladas paseriformes como estorninos (brillante de ojos rojos, violeta, brillante de burchell, de alas rojas) o tórtolas (senegalesa, rabilarga, del cabo) y recuerdo dos especies que me llamaron poderosamente la atención: el pájaro ratón dorsiblanco y el azulito angoleño. Una precisión: estaban vallados pero la valla no debía ser muy tupida por que por allí merodeaban mangostas, rateles y algún que otro chacal.

Nos dirigimos hacia la Costa de los Esqueletos (en un tramo de la costa occidental). Se suponía que de camino deberíamos ver una importante zona húmeda habitada por miles de flamencos comunes, pero ni rastro, la sequía había acabado con esta maravilla. Como alternativa fuimos a Cape Cross, allí existe una impresionante colonia de Leones marinos que puede contar con más de 100.000 ejemplares; su presencia se percibía antes por el olfato que por la vista. Además de leones marinos merodeaban por allí, a la espera de descubrir alguna presa, varios chacales.

Y por fin, el desierto de Namib. Este desierto tiene una extensión de más de 80000 km2 y está considerado como el más viejo del mundo, unos 65 millones de años.

Acampamos en una zona llamada Sesriem que es la entrada al corazón del desierto Sossusvlei, y lo de entrada es literal: hay una puerta de acceso que se abre en cuanto empieza a amanecer.

Hay que recorrer unos 70 km hasta llegar al destino final, el salar de Sossuslevei. El camino está jalonado por montones de dunas de color rojo; algunas superan los 300 m de altura y tienen nombres, como la fotogénica «Duna 45«. El paisaje es espectacular, inolvidable… se agotan los adjetivos.

Duna 45 - Fotografía de Javier Ruiz

Duna 45 – Fotografía de Javier Ruiz

En ese camino se pueden observar oryx y springbok; no hay grandes mamíferos. Aunque existen pequeñas zonas de vegetación, la falta de agua hace muy difícil la vida: solo hay 180 especies de aves. Algunas de ellas se dejaron ver como el avestruz, azor lagartijero, cuervo pío, alcotán turunti (varias parejas muy juguetonas) o alondras (pero ni rastro de la deseada alondra de las dunas).

Azor lagartijero - Fotografía de Javier Ruiz

Azor lagartijero – Fotografía de Javier RuizAlcotán turunti - Fotografia de Javier Ruiz

Alcotán turunti – Fotografia de Javier RuizA la vuelta de una de las incursiones al salar tuvimos una idea, aprovechando una bolsa de plástico hicimos un bebedero y lo llenamos de agua: al poco tiempo montones de estrildas cabrecirrojas acudieron a beber con desesperación, ¿cuántos días llevarían privados de agua?

Estrildas cabecirrojas - Fotografía de Javier Ruiz

Estrildas cabecirrojas – Fotografía de Javier Ruiz

Y del desierto a casa, pasando por el aeropuerto. El tercer paseo acabó, pero el recuerdo y el polvo rojo del desierto permanecieron durante bastante tiempo.

Duna - Fotografía de Javier Ruiz

Duna – Fotografía de Javier Ruiz

Memorias de un pajarero confinado

Esta mañana mientras miraba desde el balcón de mi casa he visto a una pareja de cernícalos comunes volar sobre el parque, he ido a por la cámara de fotos a ver si podía pillarlos pero se habían marchado. Ellos no están confinados.

En estos días de encierro, y ahora que llega la primavera, echo en falta mis paseos por parques y ríos, montes y estepas, para ver e intentar fotografiar aves, pero ¿por qué y cuándo me dio por esto?

Colirrojo tizón. Foto de Javier Ruíz.

Yo, como todos los aficionados a la naturaleza de este país, tenemos un referente común: Félix Rodríguez de la Fuente. Recuerdo perfectamente un programa de TVE (la única en aquellos tiempos), obviamente en blanco y negro, que se emitía los sábados después de comer,  se llamaba “Fin de semana” donde trataba temas relacionados con animales. Posteriormente ya tuvo proyecto propio: “Félix, el amigo de los animales” un programa de divulgación para escolares. La enciclopedia Fauna ya fue el remate para engancharme.

Con los años y el paso de la infancia a la adolescencia, perdí interés por la naturaleza, porque me volví “progre e intelectual”. Pero siguió pasando el tiempo y me curé de ese cambio.

Milano negro. Foto de Javier Ruíz.

No puedo precisar una fecha concreta, ni tan siquiera un año. ¿Cuándo empecé a interesarme por el mundo de las aves? No lo sé y tampoco voy a celebrar aniversarios, porque de eso hace mucho tiempo ¿treinta años? Más o menos.

Y ¿como sucedió el milagro?, pues por casualidad, como muchas de las cosas importantes de  la vida.

En unas vacaciones estivales por la Costa Brava vi una señalización que ponía: “Aiguamolls de L’Empordà” y decidí ir a ver que era aquello. Y allí comenzó todo. A partir de esa visita mi interés por la ornitología fue creciendo, me compré el equipamiento básico del pajarero: una guía de aves y unos prismáticos (la libreta la añadí al equipaje un poco después, la experiencia también enseña) y me tiré al monte.

En las primeras salidas fui descubriendo que todos los pajarillos pequeños no eran gorriones, y que todas las palomas no eran de la misma especie. Vamos lo mismo que os habrá pasado a vosotros.

Pero un pajarero autodidacta no avanza.

Carraca terrestre colilarga. Foto de Javier Ruíz.

Hice mi primera visita a Doñana (cuando todavía estaba en todo su esplendor) y allí me di cuenta de que esto era muy complicado. Había un montón de aves que se movían por las zonas húmedas, que parecían iguales pero que no lo eran ¿y qué eran? Limícolas, eso lo tenía claro, pero nombre y apellidos como que no.

Tenía que aprender de alguna manera. Conocí y me hice socio de SEO y me apunté a varias excursiones organizadas por SEO Calidris (antecesor de la Delegación SEO-Catalunya): La primera fue a la Camarga (de eso sí tengo fecha: 26 de febrero de 1996) con un resultado espectacular: un montón de “bimbos”. Y desde ahí hasta ahora, que sólo han pasado 24 años.

Foto de grupo SEO Calidris.

En estos años he visitado bastantes lugares interesantes para ver aves, tanto en España como en otros países, que no voy a enumerar porque no tiene interés, como tampoco interesa el número de especies diferentes que he visto, aparte de que este dato tampoco lo conozco yo, aún no he tenido tiempo de unificar en una todas las listas.

Lo que si me interesa recordar son las emociones que me ha proporcionado el pajareo, recuerdos que se mantienen en mi cabeza a pesar del tiempo transcurrido.

Calao de pico amarillo. Foto de Javier Ruíz.

Antes he hablado de mi primer viaje a Doñana, donde vi, volando sobre el Guadalquivir, mi primera águila imperial, y también un intento de caza de un halcón peregrino. No hace mucho tiempo en Villafáfila fui “rodeado” por más de 20 búhos campestres que salieron de su escondite. O los amaneceres en Gallocanta con la salida de miles de grullas hacia sus zonas de alimentación, o la cola del embalse de la Serena donde convivían bajo la lluvia decenas de Cigüeñas, avutardas y grullas. Un recuerdo muy especial fue el de una excursión en barco por el Cabo Norte para observar aves marinas: centenares de frailecillos, alcas y araos, rodeaban el barco, y mi hijo al micrófono dando información al resto de viajeros de lo que estábamos viendo.

Búho campestre. Foto de Javier Ruíz.

Otros recuerdos corresponden a escenas “especiales” como por ejemplo ver a una águila Cafre levantar del suelo a una cría de impala en Masai Mara, evidentemente no pudo mantenerla en el aire mucho rato pero yo estaba embobado y fui incapaz de disparar ni una sola foto. Sufrir el ataque, con “bombardeo” incluido, de decenas de charranes árticos: me lo merecía por invadir sus terrenos de cría sin darme cuenta. Asistir a la representación teatral de un archibebe común haciéndose el herido para intentar alejarme de su nido. Hay muchísimas más pero no quiero aburrir.

Águila pescadora africana. Foto de Javier Ruíz.

Como veréis no hago mención a ningún “superbimbo”, si ocurre pues bienvenido sea, pero prefiero disfrutar del espectáculo de las aves sin más condicionantes, observar a un herrerillo común haciendo “posturas” en un árbol para poder alimentarse es más que suficiente.

Esta afición al pajareo me ha llevado a conocer lugares increíbles, que de no haber sido por este motivo habrían pasado inadvertidos para mí.

Pero también y no menos importante me ha permitido contactar con otros locos que, como yo, son capaces de levantarse de madrugada un sábado, hacer un montón de kilómetros y soportar las inclemencias del tiempo, para disfrutar de este espectáculo que la naturaleza nos ofrece.

No sé si esto que he escrito le podrá interesar a alguien, al fin y al cabo no dejan de ser experiencias personales, parecidas a las de alguno de vosotros, pero es lo que yo os puedo contar.

Aunque se me quedan en el tintero reivindicaciones y protestas que quizás, otro día de reflexión como el de hoy, me inspire para compartirlas con vosotros.