No siempre se triunfa

La aparición de tres búhos nivales (Duc blanc, Bubo escandiacus) durante la segunda semana de noviembre del 2021 ha sido una noticia-bomba incluso en medios de difusión masiva que rara vez prestan atención a las aves.

José Luis Copete, uno de nuestros mayores expertos, explicó que lo mas probable es que se trate de ejemplares canadienses que, migrando por el litoral hacia EE.UU. fueron atrapados por una tormenta que los arrastró hacia el interior del Océano Atlántico. Tal como hacen a veces los pájaros en apuros marítimos, descendieron sobre algún carguero que los trajo hasta la costa. A ese fenómeno, en jerga pajarera, se le llama “Ship assisted”. Parece ser que los búhos nivales escandinavos (muy pocos son) y los siberianos tienden a migrar bastante menos que los canadienses: como máximo “descienden” hasta el norte de Alemania.

Uno de los ejemplares aparecidos en Asturias murió enseguida y los otros dos iban cada uno por su lado. Si bien el macho andaban mayormente errante e ilocalizable, la hembra se instaló en una zona muy concreta del Cabo de Peñas, al NO de Gijón. En cuanto se supo, se inició la peregrinación de ornitólog@s desde todos los puntos de la península ibérica e incluso más allá (sur de Francia, por ejemplo). Como si se hubiese aparecido la virgen. Es un hecho tan excepcional que, a mucha gente, nos valía la pena el viaje, incluso si debíamos hacerlo en plan relámpago.

Aunque la hembra desapareció el martes 16 de noviembre, luego se la fue viendo sin problemas cada día en el mismo sitio. Mi colega Miquel y yo, loquitos de las aves como tant@s otr@s, planificamos ir el domingo 21 ya que – a causa de diversos compromisos – no teníamos manera de marchar antes.

A última hora, Oscar, ornitólogo del Vallés oriental, se unió a nuestra expedición, lo cual permitía dividir los gastos por tres y hacer un relevo de conductores. A mí me recogían en Barcelona a las 21,30h del sábado 20 de noviembre.

La Coca-cola y la adrenalina nos facilitaron el mantenernos despiertos. Y, al turnarse los conductores, dieron alguna muy breve cabezada, más bien simbólica. Yo era el copiloto y ni lo intenté. Con una sola parada para repostar gasolina, rodamos toda la noche, de manera que a las 7,30h, casi una hora antes del amanecer, llegamos al Cabo de Peñas. Nos abrigamos bien y, a las 8,15h, acompañados por un pajarero local, estábamos apostados en el punto exacto de la llanura final del cabo, tras la cinta de plástico que los forestales del Seprona habían puesto días atrás para evitar que la gente se aproximase en exceso a la estrella del show. El día amaneció soleado.

Paisaje del Cabo de Peñas (Asturias 21-11-2021)

A lo largo de las cuatro jornadas anteriores, el Búho nival se había visto siempre a primera hora en ese mismo sitio… pero hoy, ni rastro. Quienes estaban mejor informad@s supusieron que ya se había posado en su cornisa, invisible salvo desde el mar y que, como había hecho habitualmente, hacia el mediodía volvería a asomar a la vista del público, arreglándose las plumas durante un par de horas antes de iniciar la sesión de caza nocturna de roedores. La lluvia – que estaba anunciada – llegó más tarde de lo previsto pero empezó a caer a eso de las 10,30h. La afluencia de gente había sido moderada y en ningún momento hubo por allí más de 55 personas. Ayer se habían llegado a contar casi 200 y todas se fueron con imágenes inolvidables – digitales y/o cerebrales – del búho nival. Al menos, durante un rato largo, cerca de allí, se vio un Escribano lapón jovencillo (Calcarius lapponicus) que vino a intentar consolarnos.

Escribano lapón joven (Cabo de Peñas – Asturias 21-11-2021)

Conforme la lluvia arreciaba y también se embravecía el viento, se dio una retirada mayoritaria de espectadores/as. En lo peor del chubasco, quedamos nueve personas. Pasada un hora y media, la lluvia aflojó. Aunque no cesó en ningún momento, a ratos quedó reducida a muy fina llovizna. Y empezaron a regresar l@s más animos@s.

    Llegó y pasó la hora en que el búho salía para arreglase las plumas. La lluvia volvió a arreciar a ratos y de nuevo el viento se puso molesto. A las 14,45h, nuestra pequeña expedición de tres tristes pigres decidió regresar al coche, quitarnos las prendas empapadas y poner rumbo a Barcelona. Esta vez, solo la Coca-cola me mantuvo despierto porque, lo que es adrenalina, poca… Eran las 23,55h cuando entraba en casa mientras mis colegas rodaban todavía en dirección a Granollers.

El fácil resumir este intento: 1800 km, 43 horas sin dormir (en mi caso), 4 horas y pico bajo la lluvia, una sola comida, 98 € en gasolina, peajes, Coca-cola y sándwiches plastificados = cero éxito.

Dos días después, cuando termino este artículo, ninguno de los búhos ha sido re-localizado.

Si bien a menudo la audacia y la perseverancia obtienen premio, esta vez Murphy nos clavó los dientes. He creído oportuno que, al menos, la anécdota dé para un artículo donde conste el lado menos simpático de nuestra afición, aquel que hay que asumir antes de liarse la manta a la cabeza y partir con alegría, conscientes de que te puedes estampar tan ricamente.

 

Salva Solé

 

Barcelona 24-11-2021

A veces veo aves… en los parques

Hace ya algún tiempo, paseando por uno de los parques del barrio, pensé que sería interesante hacer un seguimiento periódico de las aves que lo habitan.

Al principio creí que lo mejor sería hacerlo por estaciones meteorológicas, pero al final pensé que sería mejor por meses.

Ya ha pasado todo un año (¡y qué año!), periodo suficientemente amplio como para dar a conocer el resultado de mis “investigaciones”.

Mi trabajo de campo se ha desarrollado en dos parques del distrito de Nou Barris, el Parc de la Guineueta y el Parc Central de Nou Barris. Estos dos parques están relativamente cerca del P.N. Serra de Collserola (menos de  5 Km hasta su núcleo, unos cientos de metros hasta alguno de sus accesos). Esta cercanía posibilita que muchas especies que viven en la sierra utilicen los parques como corredores biológicos.

Antes de entrar a ver el resultado, quiero dar cuatro pinceladas relacionadas con los hábitats citados.

 

PARC DE LA GUINEUETA

Es uno de los parques que en la segunda mitad del siglo XX se crearon en Barcelona para dotar de espacios verdes a los polígonos de viviendas que se habían ido construyendo. Fue inaugurado en 1971 y tiene una extensión de 3 ha.

Su vegetación es muy variada: si entramos por la entrada principal (Jardins de Llucmajor), llama la atención un grupo palmeras washingtonias, también destacan el pino carrasco, la falsa acacia, la yuca, la jacaranda, el árbol del amor, la pata de vaca, el pimentero falso, la palmera datilera, el cedro del Himalaya, el almez, el pino piñonero, el platanero, el olivo y un jinjolero

En el parque hay un área muy interesante para poder observar las aves, el estanque, los arboles que lo rodean y la pradera.

Parc de la Guineueta. Foto de Javier Ruiz.

Parc de la Guineueta. Foto de Javier Ruiz.

 

PARC CENTRAL DE NOU BARRIS

El Parc Central se inauguró en 1999, tiene 17 Ha (es el segundo parque más extenso de Barcelona después de la Ciutadella).

Tiene más de mil árboles de 49 especies diferentes, así como un palmeral único en la ciudad: 157 palmeras de 27 especies distintas. También es destacable una pradera que cuenta con numerosos olivos y otra donde hay pinos australianos que tienen unas semilla muy apreciadas por las aves.

Parc Central de Nou Barris. Foto de Javier Ruiz.

Parc Central de Nou Barris. Foto de Javier Ruiz.

Ahora vayamos al meollo de la cuestión: En estos doce meses he contabilizado 50 especies de aves, 16 de ellas las podemos considerar como el núcleo estable (apareciendo todos los meses):

 

MESES E F M A M J J A S O N D
ABUBILLA si si si si si si si si si
AGATEADOR COMÚN si si si si si si si
AÑADE REAL si
ARATINGA DE CABEZA AZUL si
AVIÓN COMÚN si si si si si
CARBONERO COMÚN si si si si si si si si si
CARBONERO GARRAPINOS si si si si si si
CERNÍCALO COMÚN si si si
COLIRROJO TIZÓN si si si si si si si
CORMORÁN COMÚN si
COTORRA ARGENTINA si si si si si si si si si si si si
COTORRA DE KRAMER si si si si si
CURRUCA CABECINEGRA si si si si si si si si si si si si
CURRUCA CAPIROTADA si
ESTORNINO NEGRO si si si
ESTORNINO PINTO si si si si si si si si si si si si
GARZA REAL si
GAVILÁN si
GAVIOTA PATIAMARILLA si si si si si si si si si si si si
GOLONDRINA COMÚN si si si si si
GORRIÓN COMÚN si si si si si si si si si si si si
GORRIÓN MOLINERO si
GRAJILLA si
HERRERILLO COMÚN si si si si si si si si si si
HERRERILLO CAPUCHINO si si si si si si
JILGUERO EUROPEO si si si si si si si si si si si si
JILGUERO LUGANO si si si
LAVANDERA BLANCA si si si si si si si si si si si si
LAVANDERA CASCADEÑA si si si si si
MIRLO si si si si si si si si si si si si
MITO si si si si si si si si
MOSQUITERO BILISTADO si
MOSQUITERO MUSICAL si
MOSQUITERO COMÚN si si si si si
PALOMA DOMESTICA si si si si si si si si si si si si
PALOMA TORCAZ si si si si si si si si si si si si
PAPAMOSCAS CERROJILLO si
PERIQUITO COMÚN si
PETIRROJO EUROPEO si si si si si si si si si si si si
PICO DE CORAL si
PINZÓN COMÚN si si si si
REYEZUELO LISTADO si si si
SERÍN VERDECILLO si si si si si si si si si si si si
TÓRTOLA TURCA si si si si si si si si si si si si
URRACA si si si si si si si si si si si si
VENCEJO COMÚN si si si si si
VENCEJO REAL si si si si si si
VERDERÓN COMÚN si si
ZORZAL COMÚN si

Otras tienen una presencia ocasional, como el zorzal, pico de coral, grajilla, etc.

Algunas solo las he visto en vuelo: cormorán, garza real, gavilán; otras escapadas, como el periquito.

A pesar de que hay estanques y algunos de buen tamaño, sólo he detectado la presencia de ánades reales y exclusivamente en el mes de mayo.

La presencia de páridos es bastante completa: se pueden ver con relativa facilidad todas las especies habituales en la península (a excepción del carbonero palustre). Además, ha habido signos más que evidentes de reproducción de carboneros y mitos (ejemplares acarreando materiales para hacer nidos y a finales de mayo localizados varios juveniles).

Herrerillo común. Foto de Javier Ruiz.

Herrerillo común. Foto de Javier Ruiz.

 

Los fringílidos están representados por cinco especies, siendo la más destacada la del jilguero lúgano. También hay verderones y pinzones. En cuanto a su reproducción he podido observar ejemplares juveniles de jilguero europeo a finales de mayo y varios nidos de serín verdecillo.

Desde mi punto de vista, es destacable la presencia de abubillas de marzo a diciembre, habiéndose reproducido (localizado nido y observadas visitas aportando comida en primavera).

Abubilla. Foto de Javier Ruiz.

Abubilla. Foto de Javier Ruiz.

 

El Parc Central de Nou Barris se convirtió en el mes de noviembre en un lugar de atracción ornitológica al constatarse la presencia de un ejemplar de mosquitero bilistado (este ejemplar permaneció unos 15 días y siempre en la misma zona).

Es muy fácil que algunas especies no las haya podido localizar aunque su presencia es bastante probable, como la lavandera boyera o el arrendajo.  Otra cosa que me ha llamado la atención es no haber visto posada ninguna ardeida (la garza real era en vuelo) ni una garcilla bueyera, ni una garceta común.

En el gráfico a continuación se indica el número de especies (eje vertical) por meses (eje orizantal). Como veréis el máximo se dio en el mes de mayo con 31 y en los meses de noviembre y diciembre con 28 (los datos de marzo están distorsionados a causa del confinamiento por el COVID-19).

Avistamiento del número de especies de aves a lo largo de los meses.

 

En pleno invierno, enero y febrero, el número de ejemplares disminuyó notablemente (de momento este año 2021 está pasando lo mismo). Después de estas visitas continuadas, he llegado a la curiosa conclusión de que las aves, sobre todos los paseriformes de pequeño tamaño, si hace frío no madrugan.

La especie que cuenta con mayor número de ejemplares es evidentemente la paloma doméstica, seguida por la cotorra argentina, luego, y a considerable distancia, estarían los gorriones comunes, las urracas, las lavanderas blancas y las tórtolas turcas.

En verano la presencia de vencejos, aviones y golondrinas comunes es muy importante, lo mismo que en invierno la de estorninos pintos, mosquiteros, petirrojos y colirrojos.

En momentos puntuales se producen irrupciones de aves en un número estimable pero por corto tiempo; el caso más interesante en este periodo de observación, fue el de los jilgueros lúganos: pude contar hasta 14 ejemplares en una zona muy concreta, pero su presencia solo duró dos días.

Al tratarse de dos parques urbanos situados en zonas de elevadísima densidad humana y con importantes infraestructuras en sus alrededores, considero que la cantidad de especies es altamente interesante.

Por ejemplo, en el Parc del Laberint d’Horta (no muy alejado de los citados) el número de especies censadas es de unas 60  y mantiene una masa forestal y un nivel de aislamiento muy superior.

Estas observaciones han sido incluidas en el programa de seguimiento de SEO/Birdlife “Sacin Urbano”.

Y para terminar, una consideración personal desde la pasión ornitológica:

Para observar aves no se necesita ser científico ni estudiar ninguna ciencia afín al medio ambiente, solo se necesitan ganas.

En el día de los buitres: el alimoche

Día Internacional de los Buitres - 5 de septiembre 2020El próximo día 5, primer sábado de septiembre, es el Día Internacional de Concienciación sobre los Buitres, sobre su enorme importancia y su dramática disminución en gran parte del planeta.

España es una potencia en buitres, a nivel mundial. La décima población de buitres de España es también la décima de Europa, pues en todo el continente no hay nada comparable a nuestro país. No sólo es la nación europea donde hay más buitres, con todo lo que esto representa; sino que es también uno de los países del mundo donde los buitres han sido más estudiados, y durante más tiempo.

Ya en 1974, mientras en el Pirineo francés se creaba la Reserva Natural del valle de Ossau y en Navarra se preparaba la protección de la Foz de Arbayún, cuando Jesús Garzón lideraba una lucha titánica para evitar la destrucción de Monfragüe en Extremadura, en la España central se estaba gestando, a propuesta de Félix Rodríguez de la Fuente, el Refugio de Rapaces de Montejo, uno de los primeros espacios protegidos de Castilla y León, para impedir que siguiera disminuyendo una de las poblaciones de buitres leonados más numerosas del mundo, hasta entonces desconocida fuera de nuestras fronteras. Soy de los pocos naturalistas que quedamos, de los que hemos vivido desde sus comienzos la historia increíble de ese Refugio de vida salvaje y su entorno (entre Segovia, Burgos y Soria), que ha movido tantas voluntades y esperanzas. Durante 46 años, en más de 51.150 horas de campo, he censado allí, cada temporada, los nidos con éxito de rapaces y otras aves. Que yo sepa, es el seguimiento más prolongado de una población de vertebrados silvestres en España; junto con los censos del buitre negro en Mallorca, realizados por diferentes personas, que comenzaron cuando Michel Terrasse encontró por fin, en 1971, los nidos de la que ya es la última población insular de esta especie, salvada gracias a un esfuerzo colosal.

En el Refugio de Montejo han trabajado cientos de investigadores (sólo en los 37 censos de otoño han participado 816 ornitólogos), en un ambiente de armonía y colaboración como creo se da en pocos espacios naturales más; debido en gran parte a la labor extraordinaria de la ya fallecido Hoticiano Hernando y ahora su hijo Jesús, ambos guardas de WWF, sin olvidar a otros guardas y agentes. Estos estudios han permitido esclarecer, por ejemplo, cuestiones clave de la misteriosa migración juvenil de los grandes buitres, o acerca de su longevidad, o sobre la alternancia y la utilización de los nidos. Distintos resultados han aparecido en varias de las principales revistas sobre ornitología del mundo; y también, en las 53 Hojas Informativas sobre el Refugio (10.777 páginas, disponibles también en Internet, en Naturalicante).

Alimoche adulto, sobre el comedero de buitres del Refugio de Rapaces de Montejo

Alimoche adulto, sobre el comedero de buitres del Refugio de Rapaces de Montejo. (Fotografía: Juan José Molina Pérez. 6 de julio de 2020.)

Las hoces del Riaza destacan también por su importante población de alimoches. Estos extraños buitres blancos, que ya fueron animales sagrados para los antiguos egipcios, han impresionado tanto al hombre que no conozco en España ninguna otra ave con tantos nombres para designarla; hasta 191 denominaciones llevo recopiladas en las Hojas Informativas, como estuve contando en “Respuestas de la ciencia” (Radio 5).

Aunque los alimoches tienen fama de territoriales, ya en 1975 el inolvidable Hoticiano nos dijo que en Montejo había habido dos nidos ocupados simultáneamente en la misma peña, y llevó décadas confirmar que el guarda tenía razón. He llegado a controlar, en 1990 y 1993, sólo en la parte oriental de estas gargantas (poco más de unos dos kilómetros de cañón), seis nidos ocupados de alimoche, cinco de ellos con éxito en la cría. El récord se logró en 1984, cuando los biólogos José Velasco, Mario Morales y José Luis Perea descubrieron, y anillaron, pollos de alimoche en sendos nidos a no más de unos 50 metros el uno del otro, como pude comprobar; lo que representa también la distancia más corta registrada (entre nidos de la especie) en todo el continente europeo, de acuerdo con la información publicada que conozco. Habría que ir hasta las islas de Cabo Verde en el Atlántico, o la Turquía asiática, o la lejana isla de Socotra en el Índico, para encontrar algo parecido.

Buitre negro y alimoche o buitre blanco, en el comedero de buitres de Caleruega (Burgos).

Buitre negro y alimoche o buitre blanco, en el comedero de buitres de Caleruega (Burgos). (Fotografía: Candelas Iglesias Aparicio, de Abubilla Ecoturismo. 27 de junio de 2020.)

Los grandes buitres son los vertebrados europeos que se reproducen más despacio; pero los alimoches son, dejando aparte algunos casos completamente excepcionales en otras especies, los únicos buitres del Viejo Mundo que, en una temporada de cría, a veces sacan adelante dos pollos en vez de uno. Ya Jesús Garzón escribió en 1973, en la revista científica Ardeola (de SEO/BirdLife), en su nota sobre un nido de alimoche con dos pollos que encontró el año anterior en el sudeste de Burgos: “Es de esperar que los ornitólogos que en número creciente recorren nuestros campos, aporten nuevos datos sobre esta interesante especie, y quizá entonces se demuestre que los nidos con dos pollos son más frecuentes de lo que ahora es posible imaginar”.

Este año 2020, he registrado treinta territorios ocupados de alimoche, y 25 nidos con éxito (11 en Segovia, 8 en Soria, 3 en Burgos, y 3 en Guadalajara) en los que han volado 33 pollos (15, 10, 5 y 3, respectivamente); de ellos, cinco en el Refugio de Rapaces, y siete en el Parque Natural de las Hoces del Riaza que lo engloba.

Debo agradecer, al Director del Parque y al Jefe del Servicio Territorial de Medio Ambiente de Segovia (de la Junta de Castilla y León), así como al Secretario General de WWF España y a la Confederación Hidrográfica del Duero, al Vicepresidente del Fondo para el Refugio, a los guardas de los dos Refugios limítrofes, y a bastantes otras personas y entidades, todos los permisos, facilidades y escritos de apoyo que amablemente me han dado. Suponen un importante respaldo material y moral.

En los 46 últimos años, he controlado 412 reproducciones con éxito de la especie (en las cuatro provincias mencionadas, más una en Huesca y otra en Cáceres), con 560 pollos volados. Por tanto, como media, de cada siete nidos con éxito, sólo dos o tres (más bien tres) tenían dos pollos, de los casos que he registrado, si bien estos resultados pueden cambiar bastante con los años; y además, otros naturalistas han obtenido tasas de vuelo distintas (a menudo más bajas) en otras regiones.

También en 2020, tres nidos del Refugio ha sido usados de nuevo después de 26, 20 y 7 años sin uso, respectivamente. En Montejo he comprobado hasta 35 años de “descanso” para un nido, entre dos reproducciones con éxito del alimoche.

En el extremo opuesto, he podido constatar que un nido fue usado con éxito durante once años consecutivos (¡en los que llegaron a volar 18 pollos!) y 14 años (con 21 pollos volados) en total, mientras que, en las hoces del Riaza y su entorno, el nido campeón de los alimoches ha sido ocupado 27 años (22 con éxito, con 31 pollos volados).

En esta zona, ha habido 107 nidos de alimoche (89 con éxito en la cría alguna vez) en los 46 años de seguimiento; con un máximo de 12 (con 19 pollos volados) en 1988. Llegó a haber 19 parejas de alimoche (en 1991 y en 1993). 63 nidos han sido usados, en una temporada distinta, por otras especies de aves: el buitre leonado (36 nidos), el cuervo (17), el halcón peregrino (10), el búho real (7), el águila real (1), el cernícalo vulgar (1), y posiblemente la grajilla (2). La alternancia, cuando se sigue a largo plazo, resulta bastante natural.

Alimoche adulto con la anilla 3UP, junto a una abubilla, en el comedero de buitres del Refugio de Montejo.

Alimoche adulto con la anilla 3UP, junto a una abubilla, en el comedero de buitres del Refugio de Montejo. (Fotografía: Juan José Molina Pérez. 6 de julio de 2020.)

Pronto se irán al continente africano los alimoches, “los buitres migradores” (título de un documental de Eliseo y Antonio Gómez); aunque docenas de ellos invernan en Cáceres, y además son sedentarias las poblaciones de Baleares y Canarias (sobre todo, Menorca y Fuerteventura, respectivamente). En el Anuario 2019 de GREFA se recoge el caso de “Montejo”, un alimoche del Refugio cuyo asombroso desplazamiento fue seguido con emisor, con la colaboración de WWF y del Parque, al igual que otros anteriormente (recuérdese “El viaje del alimoche”, en la web de WWF). Incluso los pollos tardíos, los que han nacido más tarde en la comarca, que quizás consiga ver de nuevo este mes, emprenderán su gran migración por primera vez.

La desaparición casi total del alimoche como nidificante en el sur de África, y en tantas otras regiones, nos alerta sobre la gravedad de muchos problemas actuales. Formamos parte de un solo mundo, hermoso y duro, que debe seguir existiendo. Los buitres contribuyen a su equilibrio, salud y belleza. Deseamos que continúen haciéndolo.

Dr. Fidel José Fernández y Fernández-Arroyo
Presidente del Fondo para el Refugio de las Hoces del Riaza
Director de las Jornadas sobre Buitres de la UNED

Paseos por África – MADAGASCAR

CAPÍTULO V – MADAGASCAR

La idea de conocer este país surgió como consecuencia de la lectura de un libro de Gerald Durrell “Rescate en Madagascar”. En principio la intención era viajar en 2009, pero un inoportuno golpe de estado me obligo a aplazarlo al año siguiente.

Madagascar es la cuarta isla por extensión del mundo con 587.000 km2 que está habitada por 24,4 millones de habitantes que pertenecen a 18 etnias diferentes. Ocupa el lugar 162 de 189 en el índice de desarrollo de la ONU: es extremadamente pobre y se nota desde el momento en que pisas el país.

Por otro lado es unos de los países con mayor biodiversidad del planeta con 200.000 especies de seres vivos de las que el 80% son únicas en el mundo.

En el aspecto ornitológico su avifauna no es muy abundante, 309 especies pero de esas 108 son endémicas (pude ver unas 60). Me hice, no sin dificultad, con una guía “Birds of Madagascar” la única que encontré y que resulto ser una porquería (en lugar de dibujos, fotos y además malas).

Y ya la búsqueda de la naturaleza, el primer contacto fue en el Parque de Andasibe – Mantandia. Es una selva tropical exuberante con un elevado índice de humedad. Enseguida me di cuenta que, tanto la observación como la fotografía iban a ser muy difíciles: a los inconvenientes antes citados había que añadir la falta de luz y lo intrincado del terreno…

Aquí vi las primeras aves, la tórtola malgache, el cua azul, el cua frentirojo… Pero la estrella de este parque es el lemur indri, el más grande de los que sobreviven en la actualidad. Antes de verlos fui consciente de su presencia: emiten un grito sobrecogedor que se oye a mucha distancia. De cerca parecen “animalitos de peluche”. También observé las evoluciones del sifaka diademado al que sus saltos de más de 6 metros para desplazarse por los árboles le convierten en el trapecista de la selva.

Lemur indri – Fotografía de Javier Ruiz

Además pude observar varias especies de camaleones, en Madagascar viven el 50% de los camaleones del mundo, como el camaleón pantera, de parsons, verrugoso, etc.

Luego estuve en el P.N. de Ranomafana. Es un ejemplo típico bosque nuboso. ¡Y tan nuboso! ¡Llovió todos los días!, pero esto no fue impedimento para ver bastantes especies de aves como: el búho, el cucal, la lavandera, el shama, de todos estos su primer apellido es malgache. También algunos reptiles, además de los ya citados camaleones, varias especies de Gecko y la Boa de Madagascar.

Camaleón verrugoso – Fotografía Javier Ruiz

Para entrar en todos los parques nacionales, hay que pagar y además contratar un guía autorizado, en Ranomafana uno de los guías comentó que era muy interesante hacer un “safari” nocturno por las carreteras que rodean el parque. Y ahí me tenéis, acercándome a un mercadillo para comprar una linterna, y notar una sensación bastante particular por eso de ser el único extranjero que pululaba por allí.

Y al caer una noche que no llovió, salí armado de la linterna y de la cámara y… ¡jopé! ¡aquello parecía las Ramblas! Pero la experiencia fue muy interesante: camaleones diminutos, ranitas que cabían en una caja de cerillas, insectos extrañísimos y, de repente, percibí una agitación especial; me acerqué a la zona de los agitados y allí estaba el lemur ratón marrón, un animalito de 12 cm (cola incluida) y que pesa 50 gr. Pude verlo perfectamente pero imposible de fotografiar, se movía demasiado rápido para los ISO de mi cámara.

De camino hacia el sur hice una parada en la reserva de Anja, un lugar especial destinado, además de a la conservación de la naturaleza, a proporcionar un medio de vida a la población local.

Me habían dicho que aquí era muy fácil ver al lémur cata o lémur de cola anillada y tenían razón, eran muy descarados y algunos se dedicaban a jugar con los visitantes; a mi me pasaron varias veces entre las piernas.

Lemur cata – Fotografía Javier Ruiz

Y la siguiente parada fue en el P.N. de Isalo. Este parque tiene más de 80.000 Ha. con una gran diversidad de hábitats: desde barrancos llenos de vegetación y pequeños lagos rodeados por la selva, hasta paisajes que recordaban a la sabana africana y zonas semi-desérticas. El parque estaba rodeado de incendios “controlados” uno de los mayores peligros para la conservación de la biodiversidad de Madagascar: conseguir carbón vegetal y aprovechar la tierra para pastos.

Pude observar una interesante cantidad de aves: Los cernícalos de aldabra y malgache, el drongo malgache, el martín pigmeo malgache, el roquero de Sharpe (muy abundante y descarado en las zonas húmedas) y también una especie parecida a nuestro buitrón pero con un nombre muy gracioso: el jiji común. Me llamó poderosamente la atención la gran cantidad de milanos negros que sobrevolaban este parque.

Cernícalo de Aldabra – Fotografía de Javier Ruiz

Y después a la zona de Toliara. Monté mis reales en Ifaty, un pueblo de pescadores, que además es una zona bastantes turística y desde allí me dediqué a explorar el bosque espinoso (hábitat catalogado como “en peligro critico”)

Ifaty - Fotografía de Javier Ruiz

Ifaty – Fotografía de Javier Ruiz

Una de estas visitas la realicé a una reserva, la de Reniala que estaba muy cerca. Vinieron a buscarme el guía y el conductor del vehículo que me llevaría hasta allí: un carro tirado por dos bueyes.

Llegué a la reserva y les indiqué qué aves me gustaría ver. ¡Ok! fue su respuesta y enseguida vi, palomas azules, loros negros, varios cuas como el corredor, el pechirrojo o el crestado, suimangas piquilargos, fodis rojo y un montón de especies más. Al final y cuando ya había perdido toda esperanza uno de los guías se metió entre un montón de arbustos espinosos y al poco rato apareció la deseada carraca terrestre rabilarga.

Carraca terrestre rabilarga – Fotografía de Javier Ruiz

Su amabilidad y ganas de complacer chocaba frontalmente con el concepto de conservación, en el camino de vuelta pude ver un tenrec erizo menor y lo vi simplemente porque lo sacaron de su madriguera para enseñarlo.

Madagascar da para mucho más (di una charla en la Universidad de Barcelona, para el Grupo Local de dos horas y me quedé corto). No he mencionado nada de su flora, pero de las 9 especies de baobab que existen, 6 están allí. Tampoco he hablado de los importantísimos problemas medioambientales que están ocasionando la pérdida de su biodiversidad

Y sobre todo no he hecho ninguna mención a sus habitantes. Sólo quiero recalcar su gran amabilidad, visité mercados, tomé cervezas con los guías, paseé por algunas ciudades, presencié algunas de sus tradiciones más importantes como el famadihana (buscarlo en Google que es muy largo de explicar). En resumen: es el lugar más increíble que he conocido.

Bulbul negro – Fotografía Javier Ruiz

Paseos por África – BOTSWANA

CAPÍTULO IV –  BOTSWANA

Julio de 2008. Después de pasear por diversos aeropuertos del mundo, aterricé en Botswana. Otra vez estaba en África y sólo había pasado un año desde la última vez.

Botswana es un país de 580.000 km2 habitado por solo 2,3 millones de habitantes, está muy poco poblado, pero hay que considerar que el 70% de su territorio corresponde al desierto del Kalahari.

Como en otras ocasiones, dada la poca disponibilidad de tiempo había que eliminar destinos. Sólo hice una pequeña incursión en el desierto. Tendría que conformarme con leer el libro de Laurens Van Der Post “El mundo perdido del Kalahari”.

La ruta empezó en la zona de Tsodilo, paraje solitario formado por cuatro colinas que emergen en el desierto. Este territorio, estuvo habitado por bosquimanos que dejaron su huella con unas 4.500 pinturas rupestres, algunas con más 25.000 años de antigüedad (no iba a poder ver a los bosquimanos pero por lo menos conocería parte de su cultura).

Desde aquí nos dirigimos a la Zona norte del delta del Okawango, río de 1.600 km que nace en Angola y desemboca en el desierto desgajándose hasta desaparecer por un laberinto de canales, lagunas e islas a lo largo y ancho de unos 22.000 km2.

Carraca lila – Fotografía de Javier Ruiz

Comenzamos a explorarlo a bordo de una lancha y de inmediato, las aves empezaron a hacer acto de presencia: aninga africana, pigargos vocilgleros, abejarucos frentiblancos, martín pescador pigmeo, garcitas azuladas, etc. También aparecieron animalitos tales como hipopótamos y hermosos cocodrilos.

Hipopótamo – Fotografía de Javier Ruiz

Después de la navegación llegamos a nuestro primer destino y nos tocaba cargar equipajes, comida, etc. en los mokoros (especie de canoa plana impulsada por sus conductores con una larga pértiga que apoyan en el fondo del rio). Nuestro destino era una pequeña isla en medio del Okawango donde pasaríamos varios días.

Turdoide de jardine – Fotografía Javier Ruiz

Navegamos por canales muy estrechos, entre papiros de más de 2 metros de altura. El ambiente era sofocante, pero el exceso de adrenalina nos impedía amodorrarnos: sabíamos que en cualquier momento podía hacer acto de presencia un martín pescador gigante, una jacana, un pigargo o un grupo de elefantes.

Pigargo vocinglero – Fotografía de Javier Ruiz

Ver atardecer en medio del delta es una de las experiencias más espectacular que he podido disfrutar.

También fueron inolvidables las noches pasadas en la isla: ser consciente de que entre la fauna del lugar y tú sólo tenías como protección la lona de una tienda de campaña, proporcionaba una sensación especial; dormir con el arrullo de los hipopótamos y el rugido de los leones era algo “diferente”.

Anhinga africana – Fotografía Javier Ruiz

En una de esas noches viví un encuentro especial. De madrugada tuve una necesidad  fisiológica y me vi obligado a salir fuera de la tienda, eso sí, provisto de un frontal para no tropezar. Cuando acababa de comenzar vi dos puntos brillantes no muy lejos de donde yo estaba, me fijé bien y me di cuenta que eran unos ojos que me miraban y que eran de una hiena. Aguanté el tipo (lo otro ya no era posible aguantarlo), y al cabo de unos segundos salió corriendo asustada; supongo que fue incapaz de identificar qué tipo de animal era ese que estaba de pie inmóvil y que tenía un solo ojo, una especie de Polifemo iluminado.

Hice algunos safaris a pie, acompañados de guías expertos pero desarmados. Al principio tenía algo como de miedito pero se me pasó, lo que me permitió ver la fauna desde una perspectiva diferente y aquí tuve la suerte de observar el vuelo de un águila volatinera, cruzar la mirada con un búho africano, y ver un bando de miles y miles de queleas comunes que cambiaron el color de una arboleda cercana.

Turaco unicolor – Fotografía de Javier Ruiz

Nuestra estancia en el norte del delta había terminado y teníamos que desplazarnos hasta Maun para continuar el recorrido. La distancia no llega a los 500 km pero el viaje duraba 7 horas, si todo iba bien por lo que, para ahorrar tiempo, que no dinero, el traslado se hizo en avioneta. Como el día era muy bueno y el piloto muy enrollado voló a muy baja altura. La vista era espectacular, un exposición al aire libre, una demostración de que ninguna obra del hombre puede acercarse a la belleza de la naturaleza.

Estornino africano azulado – Fotografía Javier Ruiz

Y llegamos a Maun, nada que reseñar; bueno, miento: dormimos en un hotel y eché de menos la compañía nocturna de las hienas, pero agradecí eso que llamamos ducha.

Desde aquí reiniciamos nuestro viaje hasta el P.N. Chobe. Algunas paradas por el camino, más acampadas libres; leones, leopardos, elefantes, búfalos, jirafas que nos alegraban el trayecto y las aves que hacían acto de presencia por cualquier lado, estorninos, pintadas, avutardas, calaos, etc.

Azulito angoleño – Fotografía de Javier Ruiz

Antes de llegar al Parque ya había conseguido lo que se llama “The big 5 bird” esto es ver la avutarda de Kori, el jabirú, el búho africano, el calao terrestre y el águila Marcial.

Jabirú africano – Fotografía Javier Ruiz

Y por fin el P.N. del Chobe. El rio Chobe tiene 1.500 km de longitud, nace en Angola y es uno de los principales afluentes del Zambeze. En sus orillas viven miles de animales: aquí el elefante cuenta con una población superior a 100.000 individuos, pero sobre todo destaca la avifauna. La mejor manera de observarla y fotografiarla era desde una pequeña embarcación, aunque era difícil mantener la concentración por que la cantidad de aves era enorme: Entre ellas la garza Goliat, el marabú, el pico tenaza, martines pescadores como el pio, malaquita, y el gigante africano, ibis sagrados, alcaravanes acuáticos, lavanderas del cabo, gaviotas cabecigrises, rayadores africanos, y demás.

Martín pescador pío – Fotografía Javier Ruiz

La estancia en Botswana tocaba a su fin, y crucé la cercana frontera para pasar a Zambia y poder cumplir el deseo de acercarme a Mosi-oa-Tunya (“el humo que truena”): las Cataratas Victoria. Este impresionante salto de agua del río Zambeze fue descubierto para occidente en 1855 por David Livingstone,  que tiene erigida una estatua en el Centro de Interpretación.

Cataratas Victoria – Fotografía aérea de Javier Ruiz

Un ruido ensordecedor avisa de la presencia de las cataratas: la humedad que invade el lugar te acaba calando hasta los huesos, pero el espectáculo es indescriptible. Por eso me decidí a verlas desde el aire, total la ruina económica ya era completa y un gasto más no se iba a notar.

Y con esto se acaba el cuarto paseo africano; sólo queda uno para acabar la serie.

  Monumento a Livingstone – En la foto, Javier Ruiz

PASEOS POR ÁFRICA – NAMIBIA

CAPÍTULO III – NAMIBIA

Tuvieron que pasar 16 años para que volviesen los paseos por África.

En 2007, el destino para este reencuentro fue Namibia. Y para dar más autenticidad al viaje, en esta ocasión decidimos huir de hoteles y similares para alojamos en tiendas de campaña. Tomé prestada la mochila que utilizaba mi hijo para ir de colonias y ¡a la aventura!

Ya era aficionado la ornitología y llevaba un tiempo preparando el viaje; me compré una guía “Birds of Southern Africa” y estuve varios meses estudiándola para familiarizarme con la avifauna namibia: 687 especies con 2 endemismos me esperaban.

Este joven país, que obtuvo su independencia en 1990, antes había sido colonia Alemana y posteriormente fue invadido por Sudáfrica. Tiene una extensión de más de 824000 km2 y tiene solo 2,1 millones de habitantes.

Drongo ahorquillado - Fotografía Javier Ruiz

Drongo ahorquillado – Fotografía Javier Ruiz

Empezamos por la zona norte de país, la región del Kaokoland.

El primer campamento estaba vacío de humanos, pero habitado por una colonia de babuinos a los que no les hizo ninguna gracia nuestra llegada. Tenía unas instalaciones sorprendentes como una bañera al aire libre situada cerca de un acantilado con una vista impresionante; de no haber sido porque por las noches hacía muchísimo frío igual me hubiera animado a tomar un bañito bajo las estrellas.

Como este campamento estaba vallado y no existía peligro de ataque por parte de los grandes felinos podía andar a mi aire y empezar a buscar aves. Rápidamente empecé a ver tocos (uno de mis objetivos era el Toco de Damara especie endémica pero falló), estorninos, tejedores, abejarucos, y tuve el primer contacto con la carraca lila.

En esta zona, el Kaokoland, viven los himbas una tribu de pastores seminómadas. Os contaré una anécdota a propósito de ellos: En algunas de las carreteras de Namibia y cerca de núcleos de población, hay supermercados que nada tienen que envidiar a los nuestros. Paramos en uno de ellos para aprovisionarnos y de repente aparecieron dos mujeres himbas vestidas de forma tradicional (solo una faldita de cuero) empujando sendos carritos y haciendo la compra, la imagen era algo anacrónica. No hice ninguna foto (me lo tengo totalmente prohibido).

Después de esto, hacia Ethosa (otro de los lugares soñados). Este parque nacional de 22.000 km2 está totalmente influido por el régimen de lluvias; yo estuve a primeros de septiembre que es el final de la estación seca, casi todo el parque estaba agostado y cubierto de polvo, solo quedaban con agua algunas charcas, que nos permitieron ver en poco espacio de tiempo gran cantidad de animales que iban a beber, desde manadas de elefantes hasta grupos de oryxs , algún que otro león e incluso leopardos, todos a la vez pero guardando una prudente distancia de seguridad.

En cuanto avifauna, la presencia de avestruces era constante, también las avutardas (kori y de Namibia), sisones (moñudo austral y negro aliclaro), gangas (bicinta y namaqual),  buitres (orejudo, cabeciblanco, del Cabo, dorsiblanco) y muchas más.

Avutarda de Kori - Fotografía de Javier Ruiz

Avutarda de Kori – Fotografía de Javier Ruiz

Los campamentos de Ethosa también estaban vallados por lo tanto podía buscar en  las zonas arboladas paseriformes como estorninos (brillante de ojos rojos, violeta, brillante de burchell, de alas rojas) o tórtolas (senegalesa, rabilarga, del cabo) y recuerdo dos especies que me llamaron poderosamente la atención: el pájaro ratón dorsiblanco y el azulito angoleño. Una precisión: estaban vallados pero la valla no debía ser muy tupida por que por allí merodeaban mangostas, rateles y algún que otro chacal.

Nos dirigimos hacia la Costa de los Esqueletos (en un tramo de la costa occidental). Se suponía que de camino deberíamos ver una importante zona húmeda habitada por miles de flamencos comunes, pero ni rastro, la sequía había acabado con esta maravilla. Como alternativa fuimos a Cape Cross, allí existe una impresionante colonia de Leones marinos que puede contar con más de 100.000 ejemplares; su presencia se percibía antes por el olfato que por la vista. Además de leones marinos merodeaban por allí, a la espera de descubrir alguna presa, varios chacales.

Y por fin, el desierto de Namib. Este desierto tiene una extensión de más de 80000 km2 y está considerado como el más viejo del mundo, unos 65 millones de años.

Acampamos en una zona llamada Sesriem que es la entrada al corazón del desierto Sossusvlei, y lo de entrada es literal: hay una puerta de acceso que se abre en cuanto empieza a amanecer.

Hay que recorrer unos 70 km hasta llegar al destino final, el salar de Sossuslevei. El camino está jalonado por montones de dunas de color rojo; algunas superan los 300 m de altura y tienen nombres, como la fotogénica «Duna 45«. El paisaje es espectacular, inolvidable… se agotan los adjetivos.

Duna 45 - Fotografía de Javier Ruiz

Duna 45 – Fotografía de Javier Ruiz

En ese camino se pueden observar oryx y springbok; no hay grandes mamíferos. Aunque existen pequeñas zonas de vegetación, la falta de agua hace muy difícil la vida: solo hay 180 especies de aves. Algunas de ellas se dejaron ver como el avestruz, azor lagartijero, cuervo pío, alcotán turunti (varias parejas muy juguetonas) o alondras (pero ni rastro de la deseada alondra de las dunas).

Azor lagartijero - Fotografía de Javier Ruiz

Azor lagartijero – Fotografía de Javier RuizAlcotán turunti - Fotografia de Javier Ruiz

Alcotán turunti – Fotografia de Javier RuizA la vuelta de una de las incursiones al salar tuvimos una idea, aprovechando una bolsa de plástico hicimos un bebedero y lo llenamos de agua: al poco tiempo montones de estrildas cabrecirrojas acudieron a beber con desesperación, ¿cuántos días llevarían privados de agua?

Estrildas cabecirrojas - Fotografía de Javier Ruiz

Estrildas cabecirrojas – Fotografía de Javier Ruiz

Y del desierto a casa, pasando por el aeropuerto. El tercer paseo acabó, pero el recuerdo y el polvo rojo del desierto permanecieron durante bastante tiempo.

Duna - Fotografía de Javier Ruiz

Duna – Fotografía de Javier Ruiz

PASEOS POR ÁFRICA – TANZANIA

CAPÍTULO II – TANZANIA

¡Y tanto que volví! Al año siguiente el destino fue Tanzania; yo esperaba que no fuese un lugar tan “turístico” y acerté. Hasta el año 1985 había estado gobernando Julius Nyerere, uno de los ideólogos del llamado marxismo africano. Los lodges eran escasísimos en el Serengeti y además muy sencillos. La luz de la habitación apenas daba para encender una bombilla y a las diez se apagaba; yo en esa época hacía videos y para cargar las baterías tenía que dar propina a algún camarero para que las enchufara en la cocina.

Por temas presupuestarios y de tiempo, solo visité el norte del país, empezando por el Lago Manyara que es famoso por los leones que viven en los alrededores y que se suben a los árboles huyendo de la mosca Tsé-tsé.

León. Fotografía Javier Ruiz

León. Fotografía Javier Ruiz

El lago estaba poblado por multitud de aves: pelícanos, flamencos, tántalos, gansos del Nilo, suirís cariblancos, varios pigargos vocingleros y sobre todo llamó mi atención una de las aves más raras que he visto: El ave martillo (Scopus umbretta), que construye los nidos de mayor tamaño entre las especies de aves actuales, pueden llegar a los 2 metros de diámetro y pesar 50 kilogramos. Consiste en una estructura abovedada con una cámara hueca que comunica al exterior a través de un túnel de hasta 60 centímetros de longitud.

Desde aquí nos acercamos al lago Natron,  lugar algo fantasmagórico pues sus aguas están teñidas de rojo por la proliferación de algas. Además hay una gran cantidad sales minerales, que hacen que sea un lugar poco apto para la vida, solo una especie de pez (Alcolapia alcalica) y centenares de miles de flamencos enanos lo habitan.

Y después ¡el Serengeti! Por fin iba a conocer unos de mis lugares míticos.

Los inmensos mares de hierba (su olor lo invadía todo) salpicados por las acacias, constituían un paisaje no por conocido menos deseado. Miles de animales pastaban tranquilamente en esa sabana, cebras, antílopes, gacelas, ñus… aunque la continua presencia de depredadores interrumpía de vez en cuando esta situación.

Impala. Fotografía Javier Ruiz

Impala. Fotografía Javier Ruiz

Al cabo de unos días recorriendo el parque, aparecieron en el lodge una pareja de ingleses, que parecían sacados de la época colonial, para hacernos una propuesta: ¿Queréis hacer un safari en globo? Acababan de llegar de Inglaterra, estaban iniciando el negocio y el precio era baratísimo. Al final vencí mis miedos y me atreví.

La experiencia fue impresionante e inolvidable. El vuelo duro más de dos horas, allí abajo manadas de animales huían despavoridos pues los quemadores del globo hacen un ruido ensordecedor. Cuando llegamos a la altura prevista los apagaron y entonces se pudo disfrutar aún más del espectáculo. Un águila cafre volaba por debajo de nosotros y la pude filmar mientras atravesaba la sombra que el globo proyectaba sobre la tierra. ¡Qué bonito! He vuelto a ver el video y, el tiempo no perdona, se han difuminado los colores y las imágenes están muy deterioradas.

Sabana. Fotografía Javier Ruiz

Sabana. Fotografía Javier Ruiz

De camino al Ngorongoro decidimos acercarnos a la garganta de Olduvai para ver la tierra de nuestros ancestros. Nuestro guía–conductor, un experto mecánico de Mitsubishi, metió la pata (o mejor dicho la rueda) en una trampa de arena y ahí nos quedamos. Menos mal que yo tenía experiencia en este tipo de problemas (el Trabucador enseña muchas cosas) y sabía cómo resolverlo. Retiramos toneladas de arena, empujamos el trasto y, por fin, salió. Mientras descansábamos del titánico esfuerzo realizado, en unas zarzas que había muy cerca, un precioso barbudo cabecirrojo nos miraba asombrado.

El cráter de Ngorongoro se formó cuando un volcán gigantesco explotó y colapsó hace dos o tres millones de años. La caldera es un enorme cuenco con paredes de más de 600 metros de altura, cubiertas de bosques, más un suelo llano y fértil de unos 260 km2 de extensión. Este particular mundo natural se organiza en varios ecosistemas –bosques, sabanas, lagos, pantanos y charcas saladas, tierras áridas…–, encajados en un área que no supera los 20 km de diámetro.

En estos 260 km2 (2,6 veces la superficie de la ciudad de Barcelona) viven más de 25.000 grandes mamíferos y más de 600 especies de aves. En este auténtico Arca de Noé pude ver al cada vez más escaso rinoceronte negro.

Leopardo. Fotografía Javier Ruiz

Leopardo. Fotografía Javier Ruiz

Acercarse al lago Magadi para observar el desfile constante de animales que van a beber de sus aguas, desde cebras a leones, con un impresionante telón de fondo rosado proporcionado por miles de flamencos, es fascinante.

Hipopótamo. Fotografía Javier Ruiz

Hipopótamo. Fotografía Javier Ruiz

Bajo un pequeño bosquecillo de acacias se reúnen a la hora de comer todos los 4×4 que están en el interior del parque; el consejo de los conductores es que el picnic se coma en el interior de los vehículos. Volando en círculos sobre esas acacias decenas de milanos negros esperan que algún turista despistado les proporciones una suculenta pieza en forma de bocata.

Después de comer salí a estirar las piernas, me dijeron que no era peligroso, había una charca y decidí darle un rodeo. Eso mismo debió pensar un enorme búfalo africano que apareció de repente. Me paré y estuve pensando qué hacer: seguir o darme la vuelta disimuladamente. Esta fue la opción elegida, mis nulos conocimientos de la tauromaquia me aconsejaron prudencia.

Y aquí acaba el paseo por Tanzania. El Serengueti y el Ngorongoro  ya se habían materializado, pero el deseo de regresar a África apareció en el mismo momento en que el avión inició el despegue.

PASEOS POR ÁFRICA – KENYA

INTRODUCCIÓN

No sabía qué título ponerle a estos relatos y, como no tenía muchas ganas de pensar, hice un repaso entre los libros de viaje que tengo y apareció uno, escrito en 1987 por Alberto Moravia, “Passeggiate africane” (el título en italiano es en honor a Sara) y me pareció que era el más apropiado para lo que quería contar.

Recuerdo que cuando era un niño mis padres me llevaron en varias ocasiones a la “Casa de Fieras” y yo me quedaba embobado mirando los leones, los elefantes, los mandriles. Si a esto le unimos la lectura de libros como “Tarzán de los Monos”, “Las minas del rey Salomón” o “Cinco semanas en globo”, en mi imaginación se formó una idea de África como un lugar misterioso, lleno de aventuras y de emociones.

Fotografía Javier Ruiz

Al cabo de unos años, cuando ya tuvimos tele, empecé a ver en los reportajes de la 2. El Serengeti, el cráter del Ngorongoro, el delta del Okavango, Ethosa. Esos lugares, que yo había imaginado unos años antes, se volvieron “reales”.

¿Podría visitarlos alguna vez? Eso se convirtió en uno de mis sueños.

Y de esto trata “Paseos por África”. Cinco paseos por cinco países africanos: Kenya, Tanzania, Namibia, Botswana y Madagascar.


CAPÍTULO I – KENYA

 

Fotografía Javier Ruiz

Y los sueños en ocasiones se convierten en realidad. En 1990 hice mi primera incursión en África oriental y el lugar elegido fue Kenya, que parecía el país más preparado para recibir a un turista inexperto y algo temeroso.

Se inició la ruta en el P.N. Amboselli. El Kilimanjaro, con sus casi 6.000 m de altura y su cumbre nevada, dominaba el paisaje. Aquí empezó la observación de los primeros ñus, que fueron fotografiados con ansiedad; los elefantes pastando en algo similar a un oasis y, cómo atracción especial, la persecución a toda velocidad desde los jeeps, de una pareja de rinocerontes blancos (lo que me hizo pensar que las normas de conservación no eran muy estrictas).

Recuerdo haber pasado una noche en vela en The Ark, observando cómo, a un charco cercano acudían a beber multitud animales: antílopes, elefantes y rinocerontes; también pude observar el acecho de un leopardo, algo inútil como cazador por cierto, porque a mí me pareció que tenía la presa muy fácil y falló. Supongo que yo hubiera sido una pieza mucho más asequible para el felino.

Fotografía Javier Ruiz

Recuerdo también las inmensas llanuras de Masai Mara repletas de gacelas, impalas, cebras y sobre todo ñus. Aquí viví una de esas experiencias casi místicas que ya os conté en otro artículo: el encuentro entre un águila cafre y una cría de impala. Y además descubrí una nueva sensación: cuando el jeep cogía velocidad, levantarme, aguantar como fuese el equilibrio y sacar la cabeza por el techo abierto del vehículo para disfrutar del aire en la cara y del olor a hierba. Y también del polvo del camino, no todo iba a ser perfecto.

O la excursión por el lago Naivasha, a bordo de una barca de madera equipada con un motor parecido al de una batidora, pero a cuyo cargo estaba un experimentado piloto capaz de esquivar a todos los hipopótamos que nos salían al paso.

Llegamos a una isla y allí desembarcamos y nos dejaron a nuestro aire, asegurando que no nos iba a comer nadie. Nuestro placentero paseo fue interrumpido en varias ocasiones por fuertes estruendos producidos por manadas de cebras, jirafas y gacelas que pasaban galopando a nuestro lado como si no estuviésemos allí. Y el lago repleto de pelícanos rosados, flamencos enanos, cormoranes pigmeos, etc.

Fotografía Javier Ruiz

Al atardecer regresamos al alojamiento y, curiosamente, no se veía a nadie; el vigilante nos dijo que un hipopótamo había salido del agua y andaba por allí dándose una vuelta. Una persuasión monetaria convenció al guarda y me llevó a la zona donde el bicho pastaba tranquilamente: el hipopótamo ni se inmuto. Yo pensé que notaría mi presencia por los latidos de mi corazón (solo nos separaban dos metros) pero debía ser algo sordo.

Fotografía Javier Ruiz

Mi etapa keniata fue increíble, pero me supo a poco, y me hice el firme propósito de volver a África.

Nota del autor: La calidad de las fotografías que ilustran este artículo, es bastante baja pero se debe tener en cuenta que en el año 1990 no existía la fotografía digital, por lo tanto son fotos analógicas de hace 30 años que posteriormente se han escaneado.

Fotografía Javier Ruiz

Fotografía Javier Ruiz

Fotografía Javier Ruiz

El dedo no: la montaña

Mis colegas del Grupo Local SEO/Barcelona han accedido a que se publique este artículo haciendo constar que mis opiniones y/o forma de expresarlas no necesariamente representan a las de tod@s los miembros del grupo.

En estos días de encierro en que toreamos nuestro aburrimiento, desde todos los colectivos rumiamos y escribimos, cada cual según su especie. Como miembro del clan de los ornitolocos, desde mi piso en el centro de Barcelona, supongo que las aves cruzan de sur a norte… lo supongo porque el confinamiento urbano me impide presenciarlo. En vez de llorar por una primavera pajaril que me perderé, me pongo a pensar y afilo el lápiz, que peores vicios hay.

Mi carácter es reacio a frases tales como “todo irá bien, ya lo verás”. En el momento de escribir este artículo, para más de cinco mil personas en toda España, la cosa no ha ido nada bien, pues ya no están entre nosotr@s. Y antes de que esto termine, se irán bastantes más; no lo digo yo; ojalá lo dijera yo y me equivocase. También soy refractario a la actitud opuesta “¡Vamos a morir tod@s!”. Es que no le veo la utilidad a paralizarse, sea porque esperamos que todo se arregle (esperanza) sea porque creemos que no podemos hacer nada (derrotismo). Siento que debemos analizar lo qué pasa, analizar por qué pasa y luchar para alcanzar metas factibles. Pero pensar va primero. Y el mono de pájaros me está dejando mucho tiempo para ello.

No sé por qué, desde años antes de que se declarase esta pandemia, a menudo me acuden a la mente las miles de personas – muchas de ellas menores de edad – que cada día mueren por falta de atención médica, por las sequías, las catástrofes naturales, los accidentes, las guerras, los asesinatos… Fuentes consultadas en Internet no se ponen de acuerdo y las cifras oscilan mucho pero la más pequeña que he encontrado señala una media de 155.520 personas fallecidas por día. En otro lado lees que la ONU estima que, cada 24 horas, solo por consumir alimentos en mal estado, mueren 420.000. En cualquier caso, las que suma el coronavirus quedan totalmente diluidas en esa vasta legión que camina por el valle de las sombras. Aun así, hay coincidencia en que nacen aproximadamente el doble de las que mueren. Suena a buena noticia pero, teniéndolo todo en cuenta, ¿lo es?

Volviendo a la epidemia que nos está amargando la primavera, leo noticias (las comparo, las filtro…) y observo como el tonto mira el dedo en vez de la montaña que con él se señala pues echamos la culpa al coronavirus cuando lo que aquí tenemos son las consecuencias de una zoonosis; dícese de la enfermedad infecciosa transmitida al hombre por los animales, habitualmente vertebrados, que a veces actúan como vectores, tales como murciélagos, mosquitos y otros reservorios de la enfermedad. Por citar tres; el ébola proviene principalmente de monos y murciélagos frugívoros, la toxoplasmosis la transmiten los gatos y otras seis especies de felinos. Y el MERS procede de los dromedarios. Una forma muy habitual de pillar una zoonosis consiste en comerse al animal. A fecha del 28 de marzo del 2020 se sospecha que, aunque todavía existen dudas, el Covid-19 procede de pangolines – uno de los animales más amenazados del planeta – quizás infectados por murciélagos. Lo que se sabe con seguridad es que el primer foco de la infección, en Wuhan, fue uno de esos mercados donde se venden, para consumo, todo tipo de animales salvajes y donde brilla por su ausencia el más elemental control sanitario. El gobierno chino hizo desaparecer ese mercado, lo fumigó a fondo y borró todas las pistas que podían permitir una rápida identificación del origen del virus. Pero si consideramos culpables a los animales salvajes, o incluso al mercado prehistórico, aun estaremos mirando el dedo y no la montaña. En mi opinión, la montaña, como lo im-presionante, se define en dos palabras que en este caso son: miseria, ignorancia. Salvo en los pocos rincones remotos del planeta donde las tribus de no contactados persisten en su modo de vida tradicional y forman parte de la diversidad humana, quien se come un murciélago, un gato o un mono lo hace por uno de esos dos conceptos, más a menudo a causa de ambos: miseria e ignorancia. De éstos, el más extendido es la ignorancia porque hay millonari@s que, por tradición y estatus, consideran delicatessen todo un catálogo de animales en peligro de extinción. Cierto que debemos respetar las idiosincrasias culturales pero cuando éstas no toman medidas para evitar que se les termine el suministro de lo que tanto les gusta, es que cometen, como mínimo, un error logístico, dejando de lado los presuntos errores éticos y los atentados ecológicos. Semejantes actitudes solo se justifican si se arrastra la inercia del cerebro que usábamos cuanto éramos pocos y moríamos como chinches, sobre todo de niños. Eso va por quienes, pagando cantidades obscenas, se hacen cocinar – por ejemplo – testículos de simios semi-extintos, testículos que, como supondréis, no han sido donados voluntariamente por sus dueños ni estos han sobrevivido al expolio.

Murciélago frugívoro crucificado. Foto de Salva Solé.

Luego está la miseria que obliga a millones de personas a cazar cada vez más lejos, con frecuencia aventurándose en las reservas naturales, para que sus familias no se mueran de hambre o vivan exclusivamente de arroz y optimismo.

Pero la miseria y la ignorancia, cual muñeca rusa, todavía nos guardan algo; la desigualdad que las parió. Y aquí es donde aparecemos nosotras, las culturas occidentales que jamás masticaríamos un murciélago, mono, pangolín o gato pero que prosperamos en base a la desigualdad que se genera manipulando y explotando países desestructurados, desigualdad que, insisto, está en el origen de la miseria. Y que tiene mucha relación con la ignorancia.

Pero, pero, pero; el covid-19 ha surgido en un país que lleva lustros figurando como gran potencia mundial, si más no, cuando medimos a los países por el dinero que manejan. Sería una tontería que yo, con mis escasos conocimientos de geopolítica, pretendiera demostrar que occidente ha llevado a China a ser como es. Cierto que allí están “imitando” nuestro desaforado materialismo y nuestra falta de escrúpulos a la hora de alcanzarlo y amplificarlo; mal ejemplo les dimos. Sin embargo, lo de que en pleno 2020 se tolere la existencia de mercados donde se trafica, para consumo y medicina folclórica, con animales salvajes, es un fenómeno particular que en muchos lugares del mundo ya no se estila, por extendido que estuviese hace siglo y medio.

Cuando nos ponemos solidari@s es fácil fustigarnos pensando que nuestros muchos pecados colectivos son la causa de todos los males del mundo pero incluso en ello habrá una dosis de arrogancia si no admitimos que los demás son tan amos de cometer pecados propios como nosotros. Así, resulta fastidioso no sacar una conclusión simple que nos permita señalar un culpable claro. Deja un regusto frustrante saber que algo tiene que ver con nosotros pero también con otros factores quizás independientes (antropológicos, históricos…). Y además tendremos que admitir que pueden estar implicadas causas que desconocemos. Por poner un ejemplo: de momento hay más incógnitas que certezas respecto a la desigual mortandad que presenta el coronavirus en distintos países europeos.

La honestidad me obliga a insistir en que ésta es una reflexión personal que brindo por si a alguien le apetece poner en marcha la suya, ahora que, entre cuatro paredes, más bien nos sobra el tiempo. Yo no he podido ofrecer una conclusión nítida. Las conclusiones nítidas se suelen derivar de problemas sencillos y no parece que éste lo sea. Sin duda, cuanto más ignorante es alguien, menos datos tiene; en consecuencia, más simples se le aparecen los problemas y más claras tienden a ser sus soluciones, por erradas que estén.

Lo que yo me pregunto es si la humanidad aprenderá algo válido, algo transformador y avanzado, de esta crisis. Ya hay un montón de lecciones que la situación nos está dando. Pero, cuando todo vuelva a la normalidad y pasen un par de años ¿seguiremos prefiriendo mirar el dedo? ¿Llegaremos a vivir encarando de frente la realidad, con sus complejidades e incertidumbres?

Más nos valdrá ponernos las pilas porque hace semanas que corre este chiste;

“Oche, que he hablado con gente que está muy al día del tema y me dice que mejor no pilles el Covid-19 porque pronto saldrá el 20”.

 

Memorias de un pajarero confinado

Esta mañana mientras miraba desde el balcón de mi casa he visto a una pareja de cernícalos comunes volar sobre el parque, he ido a por la cámara de fotos a ver si podía pillarlos pero se habían marchado. Ellos no están confinados.

En estos días de encierro, y ahora que llega la primavera, echo en falta mis paseos por parques y ríos, montes y estepas, para ver e intentar fotografiar aves, pero ¿por qué y cuándo me dio por esto?

Colirrojo tizón. Foto de Javier Ruíz.

Yo, como todos los aficionados a la naturaleza de este país, tenemos un referente común: Félix Rodríguez de la Fuente. Recuerdo perfectamente un programa de TVE (la única en aquellos tiempos), obviamente en blanco y negro, que se emitía los sábados después de comer,  se llamaba “Fin de semana” donde trataba temas relacionados con animales. Posteriormente ya tuvo proyecto propio: “Félix, el amigo de los animales” un programa de divulgación para escolares. La enciclopedia Fauna ya fue el remate para engancharme.

Con los años y el paso de la infancia a la adolescencia, perdí interés por la naturaleza, porque me volví “progre e intelectual”. Pero siguió pasando el tiempo y me curé de ese cambio.

Milano negro. Foto de Javier Ruíz.

No puedo precisar una fecha concreta, ni tan siquiera un año. ¿Cuándo empecé a interesarme por el mundo de las aves? No lo sé y tampoco voy a celebrar aniversarios, porque de eso hace mucho tiempo ¿treinta años? Más o menos.

Y ¿como sucedió el milagro?, pues por casualidad, como muchas de las cosas importantes de  la vida.

En unas vacaciones estivales por la Costa Brava vi una señalización que ponía: “Aiguamolls de L’Empordà” y decidí ir a ver que era aquello. Y allí comenzó todo. A partir de esa visita mi interés por la ornitología fue creciendo, me compré el equipamiento básico del pajarero: una guía de aves y unos prismáticos (la libreta la añadí al equipaje un poco después, la experiencia también enseña) y me tiré al monte.

En las primeras salidas fui descubriendo que todos los pajarillos pequeños no eran gorriones, y que todas las palomas no eran de la misma especie. Vamos lo mismo que os habrá pasado a vosotros.

Pero un pajarero autodidacta no avanza.

Carraca terrestre colilarga. Foto de Javier Ruíz.

Hice mi primera visita a Doñana (cuando todavía estaba en todo su esplendor) y allí me di cuenta de que esto era muy complicado. Había un montón de aves que se movían por las zonas húmedas, que parecían iguales pero que no lo eran ¿y qué eran? Limícolas, eso lo tenía claro, pero nombre y apellidos como que no.

Tenía que aprender de alguna manera. Conocí y me hice socio de SEO y me apunté a varias excursiones organizadas por SEO Calidris (antecesor de la Delegación SEO-Catalunya): La primera fue a la Camarga (de eso sí tengo fecha: 26 de febrero de 1996) con un resultado espectacular: un montón de “bimbos”. Y desde ahí hasta ahora, que sólo han pasado 24 años.

Foto de grupo SEO Calidris.

En estos años he visitado bastantes lugares interesantes para ver aves, tanto en España como en otros países, que no voy a enumerar porque no tiene interés, como tampoco interesa el número de especies diferentes que he visto, aparte de que este dato tampoco lo conozco yo, aún no he tenido tiempo de unificar en una todas las listas.

Lo que si me interesa recordar son las emociones que me ha proporcionado el pajareo, recuerdos que se mantienen en mi cabeza a pesar del tiempo transcurrido.

Calao de pico amarillo. Foto de Javier Ruíz.

Antes he hablado de mi primer viaje a Doñana, donde vi, volando sobre el Guadalquivir, mi primera águila imperial, y también un intento de caza de un halcón peregrino. No hace mucho tiempo en Villafáfila fui “rodeado” por más de 20 búhos campestres que salieron de su escondite. O los amaneceres en Gallocanta con la salida de miles de grullas hacia sus zonas de alimentación, o la cola del embalse de la Serena donde convivían bajo la lluvia decenas de Cigüeñas, avutardas y grullas. Un recuerdo muy especial fue el de una excursión en barco por el Cabo Norte para observar aves marinas: centenares de frailecillos, alcas y araos, rodeaban el barco, y mi hijo al micrófono dando información al resto de viajeros de lo que estábamos viendo.

Búho campestre. Foto de Javier Ruíz.

Otros recuerdos corresponden a escenas “especiales” como por ejemplo ver a una águila Cafre levantar del suelo a una cría de impala en Masai Mara, evidentemente no pudo mantenerla en el aire mucho rato pero yo estaba embobado y fui incapaz de disparar ni una sola foto. Sufrir el ataque, con “bombardeo” incluido, de decenas de charranes árticos: me lo merecía por invadir sus terrenos de cría sin darme cuenta. Asistir a la representación teatral de un archibebe común haciéndose el herido para intentar alejarme de su nido. Hay muchísimas más pero no quiero aburrir.

Águila pescadora africana. Foto de Javier Ruíz.

Como veréis no hago mención a ningún “superbimbo”, si ocurre pues bienvenido sea, pero prefiero disfrutar del espectáculo de las aves sin más condicionantes, observar a un herrerillo común haciendo “posturas” en un árbol para poder alimentarse es más que suficiente.

Esta afición al pajareo me ha llevado a conocer lugares increíbles, que de no haber sido por este motivo habrían pasado inadvertidos para mí.

Pero también y no menos importante me ha permitido contactar con otros locos que, como yo, son capaces de levantarse de madrugada un sábado, hacer un montón de kilómetros y soportar las inclemencias del tiempo, para disfrutar de este espectáculo que la naturaleza nos ofrece.

No sé si esto que he escrito le podrá interesar a alguien, al fin y al cabo no dejan de ser experiencias personales, parecidas a las de alguno de vosotros, pero es lo que yo os puedo contar.

Aunque se me quedan en el tintero reivindicaciones y protestas que quizás, otro día de reflexión como el de hoy, me inspire para compartirlas con vosotros.