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El fruto inerte de mi pericia cinegética

Una reflexión personal para el debate de la caza en SEO Birdlife

El fruto inerte

Hoy en día, los padres planifican las vacaciones para que los enanos y los hobbits (hijos pequeños y medianos) disfruten de variadas actividades y no se aburran casi nada. En los tiempos de mi infancia (1970-1980) las cosas eran distintas – salvo excepciones, supongo – pues lo que se estilaba era amenazar a los críos con castigos concretos si no venían puntuales a comer, o a cenar. Y soltarlos después del desayuno. Lo que hiciesen las criaturas durante tantas horas y tantos días, era cosa suya a condición de que no estropearán demasiado la ropa ni el calzado, no se hiciesen demasiado daño ni pidiesen demasiado dinero. Desde meterme en un nicho del cementerio a explorar ruinas, la amplitud de vivencias a mi alcance era de lo más satisfactoria. Un verano me lo pasé subido a la bici haciendo acrobacias y testando, a base de caídas, la resistencia de mis huesos.

Otro verano, allá por la Vilella Baixa (Priorato), me lo pasé con la escopeta al hombro. Tenía cosa de once años y la escopeta era de aire comprimido. Cada día me daban unas pesetas para comprar balines y dedicaba la jornada ha gastar, uno a uno, los quinientos perdigones que venían en la caja. Nos juntamos tres o cuatro rapaces y competíamos en inventar los modos más diversos de competir. Al cabo de una semana, al igual que los demás, adquirí una puntería respetable y empezaba agotárseme la imaginación; colgar guijarros de hilos y cortarlos a tiros desde quince pasos ya estaba hecho. Disparar sosteniendo la carabina con una sola mano era cansado y daba malos resultados pero si acertabas te alegrabas un montón. Emplear la punta de los juncos en vez de balines no funcionaba, pero por intentarlo tampoco quedó.

Debíamos dar miedo porque íbamos armados, le disparábamos a casi todo y, de tanto cargar el plomo en la boca, los labios se nos habían puesto grises. Y empezábamos a aburrirnos. Fue así, estando solo durante un rato y sin inspiración, que vi bajar al lecho seco del río un pequeño bando de gorriones. Se hallaban como a veinte metros y, convencido de fallar un tiro tan largo, apunté a uno y lo maté. Corrí para allá y cuando tuve el cadáver a mis pies me sofocó la vergüenza ¿porqué había hecho semejante estupidez? A tan temprana edad todavía filosofaba de forma rudimentaria así que opté por callarme y esconder el muerto bajo unas piedras. Fracasé estrepitosamente en mi propósito de olvidar ese episodio porque, cuarenta años después, todavía recuerdo incluso los detalles. No volví ha hacerlo nunca más.

El fruto inerteDesde mi perspectiva actual considero que esa experiencia fue crucial. Otro niño habría corrido a lucir el trofeo ante la tribu. Si la caza es algo que los machos de la especie humana llevamos en los genes, algo de lo que ha dependido nuestra supervivencia desde que nos pusimos de pie ¿A santo de qué sentir vergüenza?¿Porqué no me alegré de mi habilidad ni siquiera un poquito? He de decir que, por aquella época, estaba terminando de leerme la Enciclopedia Salvat de la Fauna (primera edición) y desde que tengo memoria me sentí atraído por la naturaleza. Pero eso mismo proclamaba Miguel Delibes quien fue ideólogo de la caza y seguro que también disfrutó lo suyo con la obra de Félix Rodríguez de la Fuente. Mis padres no me habían aleccionado ni a favor ni en contra de la caza porque vivíamos en el centro de Barcelona y era ajena a nuestro entorno. Además, yo desconocía casi por completo la existencia de los incipientes movimientos conservacionistas. Y del budismo solo sabía que se asociaba a unas esculturas de señores gordos que sonreían. ¿Dónde me había dejado el noble atavismo, tan básico como el orgullo masculino? Todo eso, insisto, lo he pensado mucho después. Ahora entiendo que otro niño, al tener en la mano el fruto inerte de su pericia cinegética, hubiese sentido orgullo. Un orgullo milenario. Quizás se hubiese apegado tanto a él como para empezar a ahorrar, decidido a comprarse la escopeta de verdad con la que ingresar en una de las dos hermandades más antiguas.

La vergüenza y el orgullo son sentimientos opuestos; entre ellos no hay diálogo posible. Solo la mente puede dialogar y, en casos como éstos, tan impregnados de íntimas pulsiones, la mente se las ve y se las desea para mantener la cabeza fuera del agua. Nuestra visión es tan sentimental como la de los cazadores y olvidarlo resulta arriesgado.

Acerca de Salvador Solé (119 artículos)
Ornitólogo, fotógrafo, viajero y articulista. Socio de SEO/BirdLife desde 2002, colabora con el Grupo Local SEO Barcelona desde su fundación en 2010 y desde el mismo imparte cursos y charlas, también es guía de excursiones ornitológicas divulgativas.

2 comentarios en El fruto inerte de mi pericia cinegética

  1. Salvador Solé // 6 Abril, 2016 en 20:36 //

    Mil gracias por comentar, Ignacio. No todos los sentimientos son igual de buenos (el odio también es un sentimiento) y, como tú bien dices, algunos deberíamos vencerlos. Pero el ser humano es un animal sentimental capaz de recubrir de sentimientos cualquier impulso – para bien y para mal – y de aferrarse a ellos contra viento y marea. Eso es lo que debemos tener en cuenta (la naturaleza humana) en todo enfrentamiento de opiniones o apegos.

  2. Ignacio López // 6 Abril, 2016 en 16:18 //

    Me pasó lo mismo en Madrid con 8 años y un tirachinas. Gorrión muerto. “No, no, yo no he sido”. Tirachinas a la basura. A los 10 año, Las Aves de España, de Readers Digest. Ahora tengo 52 y sigo enganchado a las aves y a todo bicho VIVIENTE. Discrepo en cuanto a la visión sentimental. La caza puede ser un impulso pero quien lo tenga debería vencerlo

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