Cursillo identificación de limícolas 2022

Cursillo para quienes ya dominan la identificación de aves comunes pero todavía se “pelean” con las limícolas más similares entre sí: andarríos, correlimos, agujas, chorlitejos… Mediante montajes fotográficos comparativos, analizaremos los rasgos distintivos de 29 especies de limícolas. Se repartirán apuntes sobre todo ello para que no sea necesario tomar notas.

Cualquier consulta relacionada con este cursillo, dirigidla directamente al “profe”, Salva Solé, escribiendo a ignicapillus@gmail.com.

Mosquitero silbador: escaso pero no raro

Mosquiter xiulaire – Phylloscopus sibilatrix (Wood Warbler)

Hay que estar atent@ durante los pasos migratorios de primavera y otoño para detectar a este mosquitero, bastante escaso aunque no raro. Sin ir más lejos, entre la primavera del 2015 y la del 2022 lo he visto tres veces en el parque de Diagonal Mar (Barcelona ciudad) y una en el Parc de la Ciutadella.

La blancura de sus partes inferiores, el tono amarillo limón restringido a la ceja, la cara y la garganta – como muy abajo, hasta el pecho – y las partes superiores de un verde tan amarillento, lo delatan. 

Sus patas son más anaranjadas, por término medio, que las del mosquitero musical (Mosquiter de passa) y nunca negras. Los juveniles, que pasan en otoño, ya son prácticamente idénticos a los adultos (menos mal…).

            De punta de pico a punta de cola mide entre 11 y 13 cm y, al igual que el resto de mosquiteros, machos y hembras presentan el mismo aspecto.

Es posible que todavía críen unas pocas parejas en puntos remotos de los Pirineos de Huesca, más probablemente en la vertiente francesa. Pero en 2020 ya no se registraron reproductores en Asturias y es un ave que va desapareciendo de Reino Unido. En Irlanda casi está extinto. Es probable que el calentamiento global esté desplazando hacia el norte sus zonas de cría, tal como se ha constatado con varias especies de aves. No obstante, sigue siendo abundante en el centro y norte de Europa de manera que su estatus de conservación está clasificado “De preocupación menor”.

            Se reproduce en bosques caducifolios sombreados y húmedos a baja altitud, mostrando querencia por los hayedos, robledales, castañales y en menor medida, también en abetos, alisos, abedules… Necesita un dosel cerrado. Durante el invierno, en África, escoge selvas diversas pero también sus límites, así como sabanas boscosas. Ocasionalmente frecuenta manglares. En paso puede verse en grandes matorrales y árboles de todas las tallas ya que se torna menos estricto con la frondosidad del ecosistema.

            Siendo un insectívoro típico, se alimenta de presas tales como efímeras, caballitos del diablo, tijeretas, chinches, crisopas, hormigas, escarabajos, arañas y larvas diversas. Pero se ríe del fundamentalismo carnívoro porque equilibra su dieta con bayas y frutas; zarzamora, sauco, grosella, arándano, ciruela…

            Su área de distribución mundial se divide en dos, con una región de cría que, de oeste a este, abarca desde Reino Unido hasta la Rusia que queda al norte del NO de Kazajistán. De sur a norte lo encontramos desde la Francia meridional  hasta casi el norte de Finlandia. En invierno emigra a los países subsaharianos, en una amplia franja que va de Guinea a Kenia pero sin “bajar” de la mitad septentrional de la República Democrática del Congo.

Mosquitero silbador (Parque Diagonal Mar 21-5-2015). Foto de Salva Solé.

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Aguilucho pálido: visitante nórdico

Como nidificante, es una de las aves más escasas de Catalunya (solo una o dos parejas), pero en invierno nos visitan ejemplares nacidos en el centro y norte de Europa. El ICO, en su Atlas d’ocells de Catalunya a l’hivern (2006 – 2009) estimaba entre 302 y 339 los individuos invernantes. Dudo que ese número haya aumentado en la última década, así que no te extrañe si te cuesta dar con uno.

El macho (foto de abajo) es bastante distintivo y – de entre los aguiluchos habituales en Catalunya – solo se asemeja al del cenizo (Esparver cendrós). Pero la hembra (foto de cabecera) es casi idéntica a la de su pariente. El joven es más fácil de confundir con una hembra de ambas especies que con el joven de cenizo. Por si la complicación supiese a poco, una de las rarezas regulares, citada cada año en Catalunya, es el aguilucho papialbo, cuyos jóvenes y hembras también se parecen un montón al pálido y al cenizo. ¡E incluso el macho! El género Circus plantea todo un reto. Menos mal que el aguilucho lagunero occidental (Arpella comú) va de otro palo…

Al aguilucho pálido le gustan las zonas llanas y abiertas lo cual incluye humedales, estepas, terreno agrícola, pastos e incluso tundra. Es el aguilucho que cría más al norte, adentrándose en Siberia. De punta de pico a punta de cola mide entre 42 y 50 cm. Y de punta a punta de ala, como mucho, llega a los 121 cm. Las hembras son más grandes y pesadas que los machos.

Se alimenta de vertebrados pequeños, mayormente roedores tales como ratones, topillos, ardillas terrestres, gazapos y lebratos. Pero también captura aves, siendo aficionado a los paseriformes aunque se le ha visto capturar anátidas y lagópodos. Completa el menú con huevos y pollos, invertebrados diversos, lagartos, ranas y – en invierno, si el hambre aprieta – carroña. Salvo por su aversión a los vegetales, se ríe de las limitaciones dietéticas. Como el resto de aguiluchos, caza volando a baja altura para sorprender alguna pieza sobre el terreno. No obstante, es capaz de captura pájaros en vuelo.

Curiosamente, aunque puede posarse en rocas, postes, arbustos y árboles, para dormir se queda en el suelo.

Desde zonas del centro de la península ibérica hasta Escocia, Irlanda, Dinamarca y la Polonia occidental encontramos poblaciones sedentarias. Pero en Escandinavia, toda Rusia y esquina NE de China es un ave estival que llega en primavera y se marcha en otoño. Como invernante está presente desde el sur de Marruecos hasta Japón, en un amplio frente de países de clima moderado y cálido que incluirían, por solo citar unos pocos, Portugal, Italia, Turquía, Israel, Omán, Irán, Nepal, SE de China y Corea del Sur.

Macho de aguilucho pálido en vuelo (Aiguamolls de l’Empordà 29-12-2019). Foto de Salva Solé.

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Alondra ricotí: reducto en el Valle del Ebro

Solo hay pocas especies de aves reproductoras en Catalunya más escasas que esta: el Chorlito carambolo (Corriol Pit-roig), el aguilucho pálido (Arpella pàl·lida), el Alcaudón chico (Trenca)… La Alondra ricotí contaba con entre 30 y 50 parejas en los años noventa, pero en el 2000 ya solo quedaban entre 10 y 15 y en el 2007 se dio por extinta hasta que en el 2015 recolonizó su tradicional zona de cría. Desde entonces – gracias a la aplicación de medidas de protección en la Timoneda d’Alfés parece estable, con entre 7 y 9 parejas. La población más cercana a ésta se halla 50 km al oeste, ya en Aragón.
Para toda la península ibérica se le calculan entre 1400 y 1500 parejas o entre 3.700 y 4.000 machos, depende de cómo lo quieras contar. No cría en Portugal ni en las islas Baleares. El 92% de sus efectivos españoles se concentran en el Sistema ibérico – Valle del Ebro. Por desgracia, presenta una tendencia regresiva del 4% anual así que está en grave peligro de extinción: si no se hace nada, de aquí en diez años se habrá perdido el 40% de su población.

Recientemente, SEO/BirdLife compró terrenos para ampliar su área de protección junto al Planerón, así que ¡algo se hace! Pero, fuera de reductos como ese, debido a que depende de estepas llanas con menos del 15% de pendiente, vegetación arbustiva que no sobrepase los 40 cm de altura y que cubra buena parte del suelo, se las ve y se las desea para sobrevivir ya que dicho ecosistema no solo es escaso si no también muy fácil de destruir urbanizándolo, sembrándolo o machacándolo con infraestructuras diversas (autopistas, aeródromos, polígonos industriales…) En consecuencia, el estatus de conservación de la alondra ricotí es “Vulnerable”.

De punta de pico a punta de cola mide entre 17 y 18 cm. Como tantos otros aláudidos, carece de dimorfismo sexual e incluso cuesta distinguir a los jóvenes de los adultos. Es un ave muy terrestre que se desplaza casi siempre correteando por entre las matas y se ríe de ti cuando juegas con ella al escondite (paras tú, claro). Su canto es distintivo y supone la mejor ayuda para intentar verla. Al menos, en época de reproducción, entre febrero y marzo, sube al ápice de los matorrales para cantar. También canta en vuelo de cortejo manteniéndose a entre 100 y 150 m de altura durante hasta 30 minutos. De repente se deja de caer y desaparece en la vegetación.

Se alimenta de insectos y semillas ya que su entorno es muy seco y no puede desperdiciar ningún recurso alimenticio. Como la mayoría de aláudidos, hace el nido en una pequeña depresión del suelo, a la sombra de una mata o sin sombra alguna.

Fuera de España la encontramos a lo largo del África mediterránea pero solo tiene otra población importante en Marruecos, al norte del Atlas. En Argelia, Libia, Túnez y Egipto es muy escasa, cuando no rara.

Alondra ricotí (Estepes de Lleida 23-2-2016). Foto Salva Solé.

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Archibebe fino: ideal para entrenar la identificación

Si reducimos en un tercio el tamaño de un archibebe claro (Gamba verda) y le ponemos el pico de la cigüeñuela (Camesllargues) obtenemos un archibebe fino, aunque el plumaje nupcial de alas y dorso sea algo distinto. Nunca fue una especie abundante pero a principios de este siglo todavía pillaba algún ejemplar cada año: luego, como tantas otras aves, se fue rarificando y actualmente, aunque he duplicado mi número de salidas anuales, puedo pasar casi un lustro sin toparme con él.

De punta de pico a punta de cola mide entre 22 y 26 cm, siendo las hembras, en promedio, algo mayores que los machos. Eso aparte, no muestra nada que se pueda llamar dimorfismo sexual. Es más patilargo que cualquier andarríos y ya no digamos correlimos, pero hay que estar atento para no confundirlo con el archibebe claro o incluso con el oscuro, que tiene el pico muy fino (pero patas rojas). Si, por estar metido en el agua, no ves la longitud de las patas, también puede pasar por un andarríos bastardo (Valona) con pico largo. Podemos decir que se ríe de quienes todavía se pelean con la identificación de las limícolas, ya que lo pone bastante difícil.

Hablamos de una limícola migrante que, en Catalunya, solo aparece durante los pasos pre y post-nupcial, a menudo mezclado con otras limícolas en pastos inundados, charcas temporales, arrozales someros, marismas y entornos similares. No frecuenta playas aunque ya sabéis que la naturaleza siempre se saca de la manga alguna excepción. Cría en el interior continental, allí donde la estepa y el bosque boreal estén abiertos y encharcados.

Su dieta no se ha podido estudiar a fondo pero parece que incluye alevines, crustáceos y moluscos pequeños, así como muchos insectos, mayormente acuáticos. Ocasionalmente pica materia vegetal.

En primavera y verano todos los archibebes finos vuelan a una larga franja de territorio que se extiende por la mitad norte de Kazajistán y casi todo el sur de Rusia llegando por el este hasta la punta NE de China (Heilongjiang). Los terrenos de cría más cercanos a Catalunya estarían en el norte de Polonia. Pero todavía es mayor su rango de invernada, que abarca más de medio planeta: desde la costa de Mauritania hasta el SE de Australia, incluyendo la mayor parte del África subsahariana, el valle del Nilo y desde ahí hacia el este, de forma discontinua, por Irán, Iraq, la India, Sureste asiático e incluso las islas de Nueva Bretaña y Bougainville, al este de Papúa Nueva Guinea.

Aunque su estatus de conservación está clasificado “de preocupación menor”, en el último medio siglo ha dejado de reproducirse en Austria, Hungría y Eslovaquia. Parece que, a través de Rusia, se expande hacia el norte y el sur, si bien hay retrocesos locales. Por ejemplo, seguro que su éxito reproductivo ha descendido en Ucrania.

Archibebe fino (Aiguamolls de l’Empordà 12-4-2022). Foto de Salva Solé.

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Vencejo pálido: criando con las calmas

El último censo del ICO estima que crían en Catalunya entre 800 y 2700 parejas de esta especie. Puesto que las cifras del vencejo común (Falciot negre) oscilan entre las 100.000 y las 200.000 parejas, queda claro lo que cuesta hallar un pálido entre tanto común. Más todavía por lo mucho que se parecen: para distinguirlos – aparte de haberlos estudiado – hace falta que la luz solar incida bien sobre ellos.

De punta de pico a punta de cola mide cosa de 16 cm, mientras que el vencejo común hace entre 16 y 18 cm. No me consta que exista algún rasgo de dimorfismo sexual que podamos apreciar en el campo. Incluso cuando vocaliza se asemeja a su pariente.

Un estudio llevado a cabo en Gibraltar dio como resultado que, al menos allí, el vencejo pálido se alimenta en un 93% de pequeños insectos voladores (hymenópteros, hemípteros, dípteros…) mientras que los medianos o grandes, como los escarabajos, las mariposas y las libélulas quedan en franca minoría. Obviamente, la dieta puede cambiar de un lugar a otro e incluso de un año a otro, dependiendo de lo que haya disponible.

Mis dos lugares favoritos para buscarlo son el mirador de Canópolis (en Garraf) y el Pla de Gates (en el Cap de Creus). Y las fechas entre mediados de abril y mediados de septiembre. Los primeros aparecen en marzo, antes de que lleguen los vencejos comunes. Y los últimos se marchan en octubre, dos meses después de que su pariente se haya largado. El vencejo pálido se ríe de las prisas del otro, que llega tarde, cría a marchas forzadas y se marcha temprano. Él, en cambio, se lo toma con calma y eso nos da la oportunidad de detectarlo mejor en los momentos en que el común no está presente.

En Catalunya, el pálido es mayormente litoral y solo se mete unas decenas de kilómetros tierra adentro en el Alt Empordà. Como no cría más allá de la mitad sur de Francia y lo hace siguiendo la costa, poco sentido tiene buscarlo en las comarcas del interior de Catalunya. Sin embargo, puesto que existen colonias en Zaragoza, tampoco puede descartarse que hayan parejas que opten por criar en las comarcas de Lleida.

Cuando no nidifica en edificios rurales o urbanos busca los acantilados y otras paredes rocosas. Su densidad es mayor desde la Costa Brava hacía el norte, así como en el litoral del Tarragonés, Baix Camp y norte del Baix Ebre.

Aunque de forma moderada, parece que su población catalana ha ido creciendo desde 1975, quizás a causa del ascenso de las temperaturas, que podrían favorecerlo. No obstante, hay que tener en cuenta que parte de la mejora en las cifras podría deberse al mayor número y experiencia de l@s voluntari@s que lo censan.

Inexplicablemente, la guía de aves on line de SEO, a fecha de febrero del 2022, omite al vencejo pálido así que la información de que dispongo se remonta al “Atlas de las aves reproductoras de España”, editado en el 2003. Allí se explica que la población española de esta especie rondaría las 40.000 parejas. Fuera de Catalunya y la colonia zaragozana, casi no se le detecta en la mitad norte de la península ibérica, siendo escaso en Madrid y algo menos en Extremadura y Ciudad Real. El grueso de sus efectivos se concentran en Andalucía, especialmente en Huelva y Sevilla. Todo esto, recordemos, en el año 2003. También cría en las Baleares y las Canarias. Cuando encuentra lugares óptimos puede formar colonias compuestas por cientos de parejas.

Su distribución mundial tiene zonas de residencia en el norte de Niger y Chad así como en el Valle del Nilo y puntos de la mitad occidental de Egipto. En el entorno mediterráneo es una especie estival (reproductora) que tiene sus mayores contingentes en Marruecos, el norte de Argelia y Túnez. Luego se le encuentra disperso por la península arábiga, llegando al norte de Eritrea y el litoral de Irán. Las colonias de cría más orientales están en en NO de Mauritania y las islas de Madeira. En invierno ocupa una ancha franja de países que van desde el sur de Mauritania hasta Sudán del Sur, con un curioso reducto en el extremo SE de Irán y SO de Pakistán. Los invernantes más meridionales los encontraremos en el litoral nigeriano.

Si bien escasea en muchos lugares, abunda en otros y globalmente su población podría ser estable o estar creciendo ligeramente, así que se le considera no amenazado.

Vencejo pálido (Aiguamolls de l’Empordà 10-9-2016). Foto de Salva Solé.

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Grulla cuelliblanca: tan hermosa como vulnerable

Aunque en la península ibérica tenemos una buena cantidad de grullas, todas pertenecen a la misma especie. Pero en el mundo hay otros catorce integrantes de la familia Gruidae. Hoy os presento uno de los más espectaculares. Como le pasa a tantas aves hermosas, da la impresión de que se ríe del marabú africano, cuya virtud nunca fue la belleza. Aunque quizás sea más listo y, además, se halla mucho más lejos de la extinción.

De punta de pico a punto de cola, la grulla cuelliblanca mide un máximo de 125 cm y su envergadura alar alcanza los 210 cm. Eso significa que los ejemplares más grandes son un poco mayores que los machos con mejor talla de grulla común.

Tal como sucede con la mayoría de sus parientes, aparte de leves diferencias de tamaño/promedio, la grulla cuelliblanca no presenta un dimorfismo sexual apreciable en el campo.

Para criar necesita humedales someros junto a grandes ríos y lagos, frecuentando los terrenos agrícolas adyacentes. Construye el nido sobre un montículo de juncos secos. Durante el invierno ocupa ecosistemas similares, incluidos campos segados diversos, barbechos y estuarios fluviales.

Parece que siente debilidad por la dieta de invertebrados de buen tamaño y pequeños vertebrados (ranas, lagartos, roedores…) pero, sobre todo en invierno, consume grano (trigo, arroz), semillas silvestres, así como tubérculos y raíces que desentierra a picotazos, cual pájaro carpintero terrestre.

Su distribución mundial (área de cría) se limita a dos grandes “parches” de terreno ubicados a caballo entre el este de Mongolia, el NE de China y el SE de Rusia. Pasa el invierno en tres reductos mucho menores: uno entre el sur de Korea del norte y el norte de Corea del Sur (donde tomé las fotos), otro en el este de China y el tercero en la mitad occidental de la isla de Kyushu (sur de Japón).

Se la considera una especie vulnerable ya que su población total no supera los 6750 individuos. Sufrió un fuerte declive en el siglo pasado por la destrucción de los humedales, la caza y los efectos de las guerras. Comenzó a recuperarse en 1950 pero ha vuelto a disminuir rápidamente debido al aumento de la pérdida de hábitat en las zonas de nidificación e invernada. La reconversión agrícola de China le perjudica. Una sequía que duró diez años en el este de Mongolia también le afectó. La buena noticia es que puede reproducirse bien en cautividad: si hay que emprender programas de reintroducción, esta sería posible, pero… mientras no se le respeten lugares donde viva con cierta tranquilidad, su situación seguirá siendo mala. Aunque las grullas, en función de su elegancia, son aves emblemáticas en cualquier país, el desarrollo económico desaforado todavía tiene más partidarios. Y más poderosos.

 

Grulla cuelliblanca (Cheorwon Area – Corea del Sur 26-1-2017). Foto de Salva Solé.

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Paseos por África – MADAGASCAR

CAPÍTULO V – MADAGASCAR

La idea de conocer este país surgió como consecuencia de la lectura de un libro de Gerald Durrell “Rescate en Madagascar”. En principio la intención era viajar en 2009, pero un inoportuno golpe de estado me obligo a aplazarlo al año siguiente.

Madagascar es la cuarta isla por extensión del mundo con 587.000 km2 que está habitada por 24,4 millones de habitantes que pertenecen a 18 etnias diferentes. Ocupa el lugar 162 de 189 en el índice de desarrollo de la ONU: es extremadamente pobre y se nota desde el momento en que pisas el país.

Por otro lado es unos de los países con mayor biodiversidad del planeta con 200.000 especies de seres vivos de las que el 80% son únicas en el mundo.

En el aspecto ornitológico su avifauna no es muy abundante, 309 especies pero de esas 108 son endémicas (pude ver unas 60). Me hice, no sin dificultad, con una guía “Birds of Madagascar” la única que encontré y que resulto ser una porquería (en lugar de dibujos, fotos y además malas).

Y ya la búsqueda de la naturaleza, el primer contacto fue en el Parque de Andasibe – Mantandia. Es una selva tropical exuberante con un elevado índice de humedad. Enseguida me di cuenta que, tanto la observación como la fotografía iban a ser muy difíciles: a los inconvenientes antes citados había que añadir la falta de luz y lo intrincado del terreno…

Aquí vi las primeras aves, la tórtola malgache, el cua azul, el cua frentirojo… Pero la estrella de este parque es el lemur indri, el más grande de los que sobreviven en la actualidad. Antes de verlos fui consciente de su presencia: emiten un grito sobrecogedor que se oye a mucha distancia. De cerca parecen “animalitos de peluche”. También observé las evoluciones del sifaka diademado al que sus saltos de más de 6 metros para desplazarse por los árboles le convierten en el trapecista de la selva.

Lemur indri – Fotografía de Javier Ruiz

Además pude observar varias especies de camaleones, en Madagascar viven el 50% de los camaleones del mundo, como el camaleón pantera, de parsons, verrugoso, etc.

Luego estuve en el P.N. de Ranomafana. Es un ejemplo típico bosque nuboso. ¡Y tan nuboso! ¡Llovió todos los días!, pero esto no fue impedimento para ver bastantes especies de aves como: el búho, el cucal, la lavandera, el shama, de todos estos su primer apellido es malgache. También algunos reptiles, además de los ya citados camaleones, varias especies de Gecko y la Boa de Madagascar.

Camaleón verrugoso – Fotografía Javier Ruiz

Para entrar en todos los parques nacionales, hay que pagar y además contratar un guía autorizado, en Ranomafana uno de los guías comentó que era muy interesante hacer un “safari” nocturno por las carreteras que rodean el parque. Y ahí me tenéis, acercándome a un mercadillo para comprar una linterna, y notar una sensación bastante particular por eso de ser el único extranjero que pululaba por allí.

Y al caer una noche que no llovió, salí armado de la linterna y de la cámara y… ¡jopé! ¡aquello parecía las Ramblas! Pero la experiencia fue muy interesante: camaleones diminutos, ranitas que cabían en una caja de cerillas, insectos extrañísimos y, de repente, percibí una agitación especial; me acerqué a la zona de los agitados y allí estaba el lemur ratón marrón, un animalito de 12 cm (cola incluida) y que pesa 50 gr. Pude verlo perfectamente pero imposible de fotografiar, se movía demasiado rápido para los ISO de mi cámara.

De camino hacia el sur hice una parada en la reserva de Anja, un lugar especial destinado, además de a la conservación de la naturaleza, a proporcionar un medio de vida a la población local.

Me habían dicho que aquí era muy fácil ver al lémur cata o lémur de cola anillada y tenían razón, eran muy descarados y algunos se dedicaban a jugar con los visitantes; a mi me pasaron varias veces entre las piernas.

Lemur cata – Fotografía Javier Ruiz

Y la siguiente parada fue en el P.N. de Isalo. Este parque tiene más de 80.000 Ha. con una gran diversidad de hábitats: desde barrancos llenos de vegetación y pequeños lagos rodeados por la selva, hasta paisajes que recordaban a la sabana africana y zonas semi-desérticas. El parque estaba rodeado de incendios “controlados” uno de los mayores peligros para la conservación de la biodiversidad de Madagascar: conseguir carbón vegetal y aprovechar la tierra para pastos.

Pude observar una interesante cantidad de aves: Los cernícalos de aldabra y malgache, el drongo malgache, el martín pigmeo malgache, el roquero de Sharpe (muy abundante y descarado en las zonas húmedas) y también una especie parecida a nuestro buitrón pero con un nombre muy gracioso: el jiji común. Me llamó poderosamente la atención la gran cantidad de milanos negros que sobrevolaban este parque.

Cernícalo de Aldabra – Fotografía de Javier Ruiz

Y después a la zona de Toliara. Monté mis reales en Ifaty, un pueblo de pescadores, que además es una zona bastantes turística y desde allí me dediqué a explorar el bosque espinoso (hábitat catalogado como “en peligro critico”)

Ifaty - Fotografía de Javier Ruiz

Ifaty – Fotografía de Javier Ruiz

Una de estas visitas la realicé a una reserva, la de Reniala que estaba muy cerca. Vinieron a buscarme el guía y el conductor del vehículo que me llevaría hasta allí: un carro tirado por dos bueyes.

Llegué a la reserva y les indiqué qué aves me gustaría ver. ¡Ok! fue su respuesta y enseguida vi, palomas azules, loros negros, varios cuas como el corredor, el pechirrojo o el crestado, suimangas piquilargos, fodis rojo y un montón de especies más. Al final y cuando ya había perdido toda esperanza uno de los guías se metió entre un montón de arbustos espinosos y al poco rato apareció la deseada carraca terrestre rabilarga.

Carraca terrestre rabilarga – Fotografía de Javier Ruiz

Su amabilidad y ganas de complacer chocaba frontalmente con el concepto de conservación, en el camino de vuelta pude ver un tenrec erizo menor y lo vi simplemente porque lo sacaron de su madriguera para enseñarlo.

Madagascar da para mucho más (di una charla en la Universidad de Barcelona, para el Grupo Local de dos horas y me quedé corto). No he mencionado nada de su flora, pero de las 9 especies de baobab que existen, 6 están allí. Tampoco he hablado de los importantísimos problemas medioambientales que están ocasionando la pérdida de su biodiversidad

Y sobre todo no he hecho ninguna mención a sus habitantes. Sólo quiero recalcar su gran amabilidad, visité mercados, tomé cervezas con los guías, paseé por algunas ciudades, presencié algunas de sus tradiciones más importantes como el famadihana (buscarlo en Google que es muy largo de explicar). En resumen: es el lugar más increíble que he conocido.

Bulbul negro – Fotografía Javier Ruiz

Paseos por África – BOTSWANA

CAPÍTULO IV –  BOTSWANA

Julio de 2008. Después de pasear por diversos aeropuertos del mundo, aterricé en Botswana. Otra vez estaba en África y sólo había pasado un año desde la última vez.

Botswana es un país de 580.000 km2 habitado por solo 2,3 millones de habitantes, está muy poco poblado, pero hay que considerar que el 70% de su territorio corresponde al desierto del Kalahari.

Como en otras ocasiones, dada la poca disponibilidad de tiempo había que eliminar destinos. Sólo hice una pequeña incursión en el desierto. Tendría que conformarme con leer el libro de Laurens Van Der Post “El mundo perdido del Kalahari”.

La ruta empezó en la zona de Tsodilo, paraje solitario formado por cuatro colinas que emergen en el desierto. Este territorio, estuvo habitado por bosquimanos que dejaron su huella con unas 4.500 pinturas rupestres, algunas con más 25.000 años de antigüedad (no iba a poder ver a los bosquimanos pero por lo menos conocería parte de su cultura).

Desde aquí nos dirigimos a la Zona norte del delta del Okawango, río de 1.600 km que nace en Angola y desemboca en el desierto desgajándose hasta desaparecer por un laberinto de canales, lagunas e islas a lo largo y ancho de unos 22.000 km2.

Carraca lila – Fotografía de Javier Ruiz

Comenzamos a explorarlo a bordo de una lancha y de inmediato, las aves empezaron a hacer acto de presencia: aninga africana, pigargos vocilgleros, abejarucos frentiblancos, martín pescador pigmeo, garcitas azuladas, etc. También aparecieron animalitos tales como hipopótamos y hermosos cocodrilos.

Hipopótamo – Fotografía de Javier Ruiz

Después de la navegación llegamos a nuestro primer destino y nos tocaba cargar equipajes, comida, etc. en los mokoros (especie de canoa plana impulsada por sus conductores con una larga pértiga que apoyan en el fondo del rio). Nuestro destino era una pequeña isla en medio del Okawango donde pasaríamos varios días.

Turdoide de jardine – Fotografía Javier Ruiz

Navegamos por canales muy estrechos, entre papiros de más de 2 metros de altura. El ambiente era sofocante, pero el exceso de adrenalina nos impedía amodorrarnos: sabíamos que en cualquier momento podía hacer acto de presencia un martín pescador gigante, una jacana, un pigargo o un grupo de elefantes.

Pigargo vocinglero – Fotografía de Javier Ruiz

Ver atardecer en medio del delta es una de las experiencias más espectacular que he podido disfrutar.

También fueron inolvidables las noches pasadas en la isla: ser consciente de que entre la fauna del lugar y tú sólo tenías como protección la lona de una tienda de campaña, proporcionaba una sensación especial; dormir con el arrullo de los hipopótamos y el rugido de los leones era algo “diferente”.

Anhinga africana – Fotografía Javier Ruiz

En una de esas noches viví un encuentro especial. De madrugada tuve una necesidad  fisiológica y me vi obligado a salir fuera de la tienda, eso sí, provisto de un frontal para no tropezar. Cuando acababa de comenzar vi dos puntos brillantes no muy lejos de donde yo estaba, me fijé bien y me di cuenta que eran unos ojos que me miraban y que eran de una hiena. Aguanté el tipo (lo otro ya no era posible aguantarlo), y al cabo de unos segundos salió corriendo asustada; supongo que fue incapaz de identificar qué tipo de animal era ese que estaba de pie inmóvil y que tenía un solo ojo, una especie de Polifemo iluminado.

Hice algunos safaris a pie, acompañados de guías expertos pero desarmados. Al principio tenía algo como de miedito pero se me pasó, lo que me permitió ver la fauna desde una perspectiva diferente y aquí tuve la suerte de observar el vuelo de un águila volatinera, cruzar la mirada con un búho africano, y ver un bando de miles y miles de queleas comunes que cambiaron el color de una arboleda cercana.

Turaco unicolor – Fotografía de Javier Ruiz

Nuestra estancia en el norte del delta había terminado y teníamos que desplazarnos hasta Maun para continuar el recorrido. La distancia no llega a los 500 km pero el viaje duraba 7 horas, si todo iba bien por lo que, para ahorrar tiempo, que no dinero, el traslado se hizo en avioneta. Como el día era muy bueno y el piloto muy enrollado voló a muy baja altura. La vista era espectacular, un exposición al aire libre, una demostración de que ninguna obra del hombre puede acercarse a la belleza de la naturaleza.

Estornino africano azulado – Fotografía Javier Ruiz

Y llegamos a Maun, nada que reseñar; bueno, miento: dormimos en un hotel y eché de menos la compañía nocturna de las hienas, pero agradecí eso que llamamos ducha.

Desde aquí reiniciamos nuestro viaje hasta el P.N. Chobe. Algunas paradas por el camino, más acampadas libres; leones, leopardos, elefantes, búfalos, jirafas que nos alegraban el trayecto y las aves que hacían acto de presencia por cualquier lado, estorninos, pintadas, avutardas, calaos, etc.

Azulito angoleño – Fotografía de Javier Ruiz

Antes de llegar al Parque ya había conseguido lo que se llama “The big 5 bird” esto es ver la avutarda de Kori, el jabirú, el búho africano, el calao terrestre y el águila Marcial.

Jabirú africano – Fotografía Javier Ruiz

Y por fin el P.N. del Chobe. El rio Chobe tiene 1.500 km de longitud, nace en Angola y es uno de los principales afluentes del Zambeze. En sus orillas viven miles de animales: aquí el elefante cuenta con una población superior a 100.000 individuos, pero sobre todo destaca la avifauna. La mejor manera de observarla y fotografiarla era desde una pequeña embarcación, aunque era difícil mantener la concentración por que la cantidad de aves era enorme: Entre ellas la garza Goliat, el marabú, el pico tenaza, martines pescadores como el pio, malaquita, y el gigante africano, ibis sagrados, alcaravanes acuáticos, lavanderas del cabo, gaviotas cabecigrises, rayadores africanos, y demás.

Martín pescador pío – Fotografía Javier Ruiz

La estancia en Botswana tocaba a su fin, y crucé la cercana frontera para pasar a Zambia y poder cumplir el deseo de acercarme a Mosi-oa-Tunya (“el humo que truena”): las Cataratas Victoria. Este impresionante salto de agua del río Zambeze fue descubierto para occidente en 1855 por David Livingstone,  que tiene erigida una estatua en el Centro de Interpretación.

Cataratas Victoria – Fotografía aérea de Javier Ruiz

Un ruido ensordecedor avisa de la presencia de las cataratas: la humedad que invade el lugar te acaba calando hasta los huesos, pero el espectáculo es indescriptible. Por eso me decidí a verlas desde el aire, total la ruina económica ya era completa y un gasto más no se iba a notar.

Y con esto se acaba el cuarto paseo africano; sólo queda uno para acabar la serie.

  Monumento a Livingstone – En la foto, Javier Ruiz

PASEOS POR ÁFRICA – NAMIBIA

CAPÍTULO III – NAMIBIA

Tuvieron que pasar 16 años para que volviesen los paseos por África.

En 2007, el destino para este reencuentro fue Namibia. Y para dar más autenticidad al viaje, en esta ocasión decidimos huir de hoteles y similares para alojamos en tiendas de campaña. Tomé prestada la mochila que utilizaba mi hijo para ir de colonias y ¡a la aventura!

Ya era aficionado la ornitología y llevaba un tiempo preparando el viaje; me compré una guía “Birds of Southern Africa” y estuve varios meses estudiándola para familiarizarme con la avifauna namibia: 687 especies con 2 endemismos me esperaban.

Este joven país, que obtuvo su independencia en 1990, antes había sido colonia Alemana y posteriormente fue invadido por Sudáfrica. Tiene una extensión de más de 824000 km2 y tiene solo 2,1 millones de habitantes.

Drongo ahorquillado - Fotografía Javier Ruiz

Drongo ahorquillado – Fotografía Javier Ruiz

Empezamos por la zona norte de país, la región del Kaokoland.

El primer campamento estaba vacío de humanos, pero habitado por una colonia de babuinos a los que no les hizo ninguna gracia nuestra llegada. Tenía unas instalaciones sorprendentes como una bañera al aire libre situada cerca de un acantilado con una vista impresionante; de no haber sido porque por las noches hacía muchísimo frío igual me hubiera animado a tomar un bañito bajo las estrellas.

Como este campamento estaba vallado y no existía peligro de ataque por parte de los grandes felinos podía andar a mi aire y empezar a buscar aves. Rápidamente empecé a ver tocos (uno de mis objetivos era el Toco de Damara especie endémica pero falló), estorninos, tejedores, abejarucos, y tuve el primer contacto con la carraca lila.

En esta zona, el Kaokoland, viven los himbas una tribu de pastores seminómadas. Os contaré una anécdota a propósito de ellos: En algunas de las carreteras de Namibia y cerca de núcleos de población, hay supermercados que nada tienen que envidiar a los nuestros. Paramos en uno de ellos para aprovisionarnos y de repente aparecieron dos mujeres himbas vestidas de forma tradicional (solo una faldita de cuero) empujando sendos carritos y haciendo la compra, la imagen era algo anacrónica. No hice ninguna foto (me lo tengo totalmente prohibido).

Después de esto, hacia Ethosa (otro de los lugares soñados). Este parque nacional de 22.000 km2 está totalmente influido por el régimen de lluvias; yo estuve a primeros de septiembre que es el final de la estación seca, casi todo el parque estaba agostado y cubierto de polvo, solo quedaban con agua algunas charcas, que nos permitieron ver en poco espacio de tiempo gran cantidad de animales que iban a beber, desde manadas de elefantes hasta grupos de oryxs , algún que otro león e incluso leopardos, todos a la vez pero guardando una prudente distancia de seguridad.

En cuanto avifauna, la presencia de avestruces era constante, también las avutardas (kori y de Namibia), sisones (moñudo austral y negro aliclaro), gangas (bicinta y namaqual),  buitres (orejudo, cabeciblanco, del Cabo, dorsiblanco) y muchas más.

Avutarda de Kori - Fotografía de Javier Ruiz

Avutarda de Kori – Fotografía de Javier Ruiz

Los campamentos de Ethosa también estaban vallados por lo tanto podía buscar en  las zonas arboladas paseriformes como estorninos (brillante de ojos rojos, violeta, brillante de burchell, de alas rojas) o tórtolas (senegalesa, rabilarga, del cabo) y recuerdo dos especies que me llamaron poderosamente la atención: el pájaro ratón dorsiblanco y el azulito angoleño. Una precisión: estaban vallados pero la valla no debía ser muy tupida por que por allí merodeaban mangostas, rateles y algún que otro chacal.

Nos dirigimos hacia la Costa de los Esqueletos (en un tramo de la costa occidental). Se suponía que de camino deberíamos ver una importante zona húmeda habitada por miles de flamencos comunes, pero ni rastro, la sequía había acabado con esta maravilla. Como alternativa fuimos a Cape Cross, allí existe una impresionante colonia de Leones marinos que puede contar con más de 100.000 ejemplares; su presencia se percibía antes por el olfato que por la vista. Además de leones marinos merodeaban por allí, a la espera de descubrir alguna presa, varios chacales.

Y por fin, el desierto de Namib. Este desierto tiene una extensión de más de 80000 km2 y está considerado como el más viejo del mundo, unos 65 millones de años.

Acampamos en una zona llamada Sesriem que es la entrada al corazón del desierto Sossusvlei, y lo de entrada es literal: hay una puerta de acceso que se abre en cuanto empieza a amanecer.

Hay que recorrer unos 70 km hasta llegar al destino final, el salar de Sossuslevei. El camino está jalonado por montones de dunas de color rojo; algunas superan los 300 m de altura y tienen nombres, como la fotogénica «Duna 45«. El paisaje es espectacular, inolvidable… se agotan los adjetivos.

Duna 45 - Fotografía de Javier Ruiz

Duna 45 – Fotografía de Javier Ruiz

En ese camino se pueden observar oryx y springbok; no hay grandes mamíferos. Aunque existen pequeñas zonas de vegetación, la falta de agua hace muy difícil la vida: solo hay 180 especies de aves. Algunas de ellas se dejaron ver como el avestruz, azor lagartijero, cuervo pío, alcotán turunti (varias parejas muy juguetonas) o alondras (pero ni rastro de la deseada alondra de las dunas).

Azor lagartijero - Fotografía de Javier Ruiz

Azor lagartijero – Fotografía de Javier RuizAlcotán turunti - Fotografia de Javier Ruiz

Alcotán turunti – Fotografia de Javier RuizA la vuelta de una de las incursiones al salar tuvimos una idea, aprovechando una bolsa de plástico hicimos un bebedero y lo llenamos de agua: al poco tiempo montones de estrildas cabrecirrojas acudieron a beber con desesperación, ¿cuántos días llevarían privados de agua?

Estrildas cabecirrojas - Fotografía de Javier Ruiz

Estrildas cabecirrojas – Fotografía de Javier Ruiz

Y del desierto a casa, pasando por el aeropuerto. El tercer paseo acabó, pero el recuerdo y el polvo rojo del desierto permanecieron durante bastante tiempo.

Duna - Fotografía de Javier Ruiz

Duna – Fotografía de Javier Ruiz